Por lo mismo, el hombre generoso, cuya vida vive de raíces profundas, siente el afán de penetrar en otras vidas, bien en lo hondo de ellas, en su verdad oculta –de entenderlas y no de juzgarlas. El que juzga no entiende (Ortega y Gasset O.C. t. V,89).
Juzgar presupone situarse a distancia de lo que queremos entender, en una posición de neta superioridad, dueño de una verdad que hace de metro o medida de la conducta de los otros. El que juzga se siente poseído por una verdad de la que el otro está huérfano. Está, por así decirlo, en una posición meta, de inevitable superioridad moral.
Para no juzgar, para conocer de cierto lo que las cosas son, hemos de renunciar a lo que creemos que deberían ser y practicar, de este modo, una suerte de epokhé moral. Quedarnos en lo que se nos presenta y no en lo que debería sernos presentado.
Quien juzga no entiende, sino que sólo señala. Frente a los hechos y su explicación, el juez interpone una mecánica moral, reduccionista, como si al hacerlo debiera reducir la rica complejidad humana a una ecuación donde x e y fueran términos intercambiables, válidos para cualquiera que fuera x y cualquiera que fuera y. En el juicio yo digo, implícitamente, que soy mejor que tú y que tengo una verdad que me permite hacer tal aserto con total seguridad y aplomo.
Juzgar pone distancia e impone un sesgo inevitable, amputando de raíz la necesaria perspicacia que debemos tener para conocer a nuestro prójimo y podernos acercar al enigma y jeroglífico en que su vida consiste. El juicio revela una insuperable falta de amor hacia lo que se juzga.
Lo que necesitamos para abordar la vida de los demás, es sentir esa exaltación que nace del contacto con la existencia de los otros. Una entusiasta curiosidad, una formidable incitación, un estremecimiento. La generosidad para poner en suspenso el interés propio y colocarlo en la tarea de descifrar el enigma que es siempre la vida extranjera del otro. Esfuerzo amoroso, sin duda, o amable generosidad. Por decirlo con una sola expresión: curiosidad genuina. Sin ella, hablar de biografía sería, cuando menos, un dislate.
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