El infierno empedrado
Encomendamos a nuestros hijos a la escuela para que aprendan, aunque a veces parece que lo queramos allí recogidos y poco más. Algunos funcionarios y burócratas de la escuela –antaño maestros y profesores- parece que se interesen más por que se cumplan las estadísticas de aprobados y suspensos cuyo cómputo total viene predefinido desde los servicios educativos por los técnicos de la cuestión, los técnicos de despacho, los que manejan los números. Desean, noble deseo, que de suspensos haya los menos posibles, no sea que mandemos aterrizar en la escuela inopinadamente la inspección educativa para averiguar qué están haciendo tan mal quienes tienen el encargo de mantener el sistema para que esos chicos y chicas que no estudian sigan empeñados en no aprobar las materias que allí se imparten y pasen de curso, ampliando el abismo de su ignorancia. Y si, a pesar de todo, los resultados no son los apetecidos, pues es el nuestro un modelo de éxito, como se suele repetir hasta la infamia, ya encontraremos al chivo expiatorio de turno a quien endilgarle la responsabilidad de la debacle, llámense familias desestructuradas, llámense emigrantes, o falta de recursos o ratios sobredimensionadas o, simple y llanamente, pobreza o lasitud. No estulticia, pereza ni falta de conocimientos, de exigencia o de ilusiones.