Una de detectives
Alguna vez me tentó la ocurrencia de escribir una novela policíaca, pero desestimé con celeridad mezclarme en semejante dislate de mi fantasía. Hubo amigos que, a pesar de mis reticencias, me alentaron en tal dirección. Fueron generosos conmigo, al creer que podría hacerlo, aunque exigentes. Habría sido desagradecido, por mi parte, haberme empeñado en rechazar ese reconocimiento de unas cualidades que sobrepujaban a todas luces mis fuerzas y capacidades. Dicen que los buenos amigos son capaces de ver lo que uno, en su estricto juicio, no es capaz siquiera de calibrar. Digamos, al menos, que mis amigos me tienen en buena consideración, si no siempre justa (porque la amistad exagera las virtudes de cualquiera), sí al menos, en su expresión, ponderada.