Supuestos y suposiciones en las relaciones (1)
A menudo detrás de nuestras acciones, y como sosteniéndolas, existe un conjunto de suposiciones más o menos estructuradas, admitidas como ciertas -o cuanto menos verosímiles- por habérnoslas repetido a menudo, o como resultado de ciertos aprendizajes sociales que nunca necesitamos poner en cuestión. Muchos de tales supuestos giran en torno al mundo relacional en que nos movemos. Algunos dependen de cierta concepción generalista del ser humano (mis ideas filosóficas) y otros se sostienen sobre lo que suponemos que son obviedades que no merecen un segundo análisis (mis prejuicios). Las sostenemos como los prejuicios, sin que nos pidan razón de ser, aunque condicionen en buena medida el trato que dispensaremos a los demás o que esperamos nos dispensen. Es lo que Ortega llamó un uso: algo que se dice o se piensa justamente porque se dice. Estos supuestos, estos usos sociales, se nos imponen, sin que tengamos razón alguna, en principio, siquiera para cuestionarlos, muchos menos para meditarlos. Porque, de hacerlo, veríamos cuánto hay de irracional en tales afirmaciones, cuánto de buenas intenciones, cuánto de generalización y también de ahorro cognitivo. Los usos sociales, nuestros prejuicios (que son nuestros en la medida no de que han sido elaborados por nosotros, sino que están construidos en el mundo social en que nos tocó vivir y desempeñarnos), están presentes subrepticiamente en cualquier actividad que realicemos, sobre todo cuando la hacemos de forma casi automática.