Bienvenido a IN ITINERE

Imaginemos que imagino un futuro libro. Imaginemos que empiezo a escribirlo de esta forma no aforística, pero sí fragmentaria, que va tomando cuerpo en las entradillas de un blog, no hay cosa más moderna. Imaginemos que ese futuro libro aún no nacido se titulara, más por ambición del proyecto que por la realidad hecha y formulada, de la siguiente guisa: Los problemas del mundo.

Un título así, tan grandilocuente, exigiría demasiadas explicaciones. Yo daría una breve y sencilla: los problemas del mundo soy yo mismo, yo encarno en mi vida los verdaderos problemas del mundo. Pero no yo por ser quien soy, sino cada uno de nosotros, que somos lo que somos: cada uno de nosotros que, al existir, somos el mundo.

Por tanto, los problemas del mundo son los problemas que yo encarno en mi vida y sus soluciones, mis opiniones, mis dudas y cavilaciones, si hubieran de tener algún valor o sentido, tendrían acaso también un valor y sentido para otras personas, tal vez incluso para muchas.

Biografía e indagación

   No nos encontramos en el mundo con el bagaje que llevamos en la adultez, sino con la elasticidad ingenua de los niños, esa innata capacidad que poseen casi todos ellos para superar incluso las situaciones más difíciles, a poco que encuentren la palanca que les ayude a mover su mundo. Es lo que los psicólogos bautizaron, con feo nombre de propiedad física, la resiliencia: capacidad que tienen algunas cosas de volver a su posición o forma inicial cuando se ha sufrido una violencia deformante. Por ejemplo, el niño que sufre raquitismo emocional porque no recibió suficiente nutrición relacional, pero que alcanza la altura de sus contemporáneos cuando es amado por una figura compensatoria. Los seres humanos necesitamos más de este tipo de nutrición que de la física, como puso en claro H. Harlow en sus estudios sobre el apego y los famosos monitos Rhesus aferrados a su mamá sustituta de felpa en lugar de la que tenía la tetilla con el alimento, fundida con frío metal. El niño, pues, no es un adulto en miniatura, pero es el lugar desde el que el hombre se eleva sobre sí mismo.

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Biografía: la incitación de los otros

     Con todo, conviene no caer en difusas beaterías. Hay un claro beneficio en el interés genuino por la vida de otras personas, puesto que de alguna forma necesitamos nutrirnos con ellas. Esto es así por nuestra naturaleza relacional. Necesitamos conocer de qué forma han encarado otros el proyecto de sus propias vidas, para entusiasmarnos también por el nuestro. Aprendemos de los otros, vicariamente, pero también con los otros. El biógrafo nos incita, en la lectura de otras vidas, a contemplar sobre sus textos la apuesta radical que cada ser humano tiene que hacer con su existencia. Los otros nos confiesan cómo encararon su destino por la voz mediada del biógrafo, y éste hace más compleja nuestra mirada sobre la existencia al hacernos partícipes de las que otros tuvieron y de su modo de encarar sus diversos destinos de poeta, aventurero, político o pensador. Hay algo ejemplarizante en toda biografía, que no pasa por levantar un monumento al héroe y contemplar la estatua desde lejos. Lo que alguno hizo en algún otro momento histórico, en cierta manera también nos sirve a los demás.

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Juzgar o no juzgar

Por lo mismo, el hombre generoso, cuya vida vive de raíces profundas, siente el afán de penetrar en otras vidas, bien en lo hondo de ellas, en su verdad oculta –de entenderlas y no de juzgarlas. El que juzga no entiende (Ortega y Gasset O.C. t. V,89).

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El ejemplo de los otros

   Ejemplarizantes son los demás, pues nos trazan trayectorias y posibilidades y nos enseñan caminos y nos dotan de los aprendizajes que necesitamos para seguir nuestro propio itinerario y dar cumplimiento al proyecto que somos. También ejemplifican la posibilidad cierta del fracaso y de la insuficiencia de nuestros esfuerzos, que se hacen siempre en un contexto de alta incertidumbre, pues apenas estamos seguros de acertar con las elecciones que tomamos, muchas de ellas con matices de irreversibilidad. La vida del ser humano tiene un elemento de indeterminación grande, pues en su propia raíz consiste en que tengamos que hacer algo con ella, esto es, que tengamos que inventárnosla. Pero no de forma adánica.

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La autobiografía, la vida narrada...hasta cierto punto (2)

   Hemos señalado la proximidad con la confesión, quizás la forma más autobiográfica de todas las que ha engendrado este subgénero. Pero la confesión, igual que la autobiografía, es algo que se dice a alguien. Y es en este ante quién el primer indicador de un cambio de época en el género que, aunque tenga –ya dijimos-el mismo nombre, es cosa diferente en cada momento histórico en que se manifiesta. Cabe hacerse, pues, algunas preguntas que nos orientaran acerca de si los autores que se autobiografían están, en puridad, haciendo una acción parecida a la de confesarse, cualquiera que sea la época histórica en que redactan sus textos, o algo diferente. Sigamos la pista de las preguntas.

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Con qué tenemos que contar

   Ninguno de nosotros logra hacerse en plenitud con aquello de lo que por completo carece, ya sea porque no se reconoce con facilidad tal carencia y piensan algunos que con esfuerzo y voluntad todo se alcanza, ya porque sea un elemento esencial que no adquiriremos con el aprendizaje, al faltarnos las cualidades que se requieren para su dominio. Nadie entre aquí sin saber geometría, cuenta la leyenda que estaba escrito sobre el dintel de la Academia platónica, como si de entrada no fuera posible a aquellos que aún no la supieran, adquirirla con el esfuerzo de su trabajo en la propia escuela platónica. Había que venir sabiendo, como riguroso requisito para la aceptación en su seno.

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Reflexiones sobre la vida contada (5)

    Todos sabemos que hemos de morir, que la vida está limitada adelante y atrás por un fue y un será. El primero, el pasado, presenta la faz de lo irreversible, lo hecho, lo vivido; el futuro, la de la posibilidad, en virtud de la cual se hace la vida del presente. El primer elemento del que hablamos es, pues, que el tiempo nos muestra nuestra existencia en forma de fases; no etapas arbitrarias de longitud variable, establecidas por la biología o la cultura, sino de momentos en los que estamos instalados y desde los cuales, por así decir, contemplamos la trayectoria vital, tanto la llevada como la aún por llevar, desde una cierta situación o lugar, no espacial, sino vital. Ese lugar desde el que nos contemplamos es la altura de la vida.

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Reflexiones sobre la vida contada (4)

     La filosofía se ha ocupado en abundancia de nuestra condición temporal, quizá porque somos animales sorprendidos por el reconocimiento de nuestra propia finitud. Frente al resto de los animales, que mueren desposeídos de esa autoconciencia permanente, nosotros lo que mejor sabemos es que habremos de morir y que esa será la posibilidad que clausure y circunscriba definitivamente nuestra existencia.

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