Pensar, pensar.
Pensar. Pensar en todo momento. Dialogar con uno mismo y estar bien dispuesto tanto a refutar como a ser refutado, como decía Sócrates: esta es la naturaleza del pensamiento. Pensar es una actividad que se hace a fogonazos, pero con una continuidad temporal. Quien piensa es un corredor de fondo. Se tiene una idea y, si es fecunda, poco a poco va a expandir su territorio: se conecta con otras, se une en argumentos, se traba a veces, provocando nuevas reflexiones. Si los demás discrepan, eso sirve como acicate para seguir reflexionando. Incluso cuando la discrepancia sale del simple ejercicio de un hábito –pues hay quien lleva la contraria por costumbre- y no de una búsqueda colaborativa de la verdad compartida. Pronto, descubre uno que los seres humanos preferimos las consignas a las discrepancias. Y a menudo sustituyen éstas por aquellas, y le dan a esa sustitución el nombre de pensamiento. No los es. Conviene no engañarse sobre este punto. Donde esto se hace patente con absoluta nitidez es en el homo politicus, que ha hecho de la consigna el marchamo de su profesión, una mancha infame indeleble.