Para quien llega, no es este un fenómeno casual, pues la vida se otea de otro modo pasados los cincuenta. Sea acaso la cincuentena una frontera arbitraria, es cierto que en su madurez el hombre reflexivo se halla en una posición que difiere no poco de la del hombre joven o de aquel otro que apenas ha hollado aún los umbrales de la madurez. Ya se palpa el límite, y no de una forma vaga o imprecisa, no sólo desde el conocimiento intelectual, pues desde muy jóvenes albergamos desde una vertiente teórica la idea de la mortalidad humana, sólo que ahora es más real, vivencial, experiencial incluso. Se nos empiezan a enfermar y a morir la gente que ha vivido con nosotros, y comenzamos a columbrar una línea del horizonte más cercana, más nítida y cierta; es la época donde se sopesan las pérdidas y las ganancias de una larga etapa anterior. Reevaluamos la vida con el paso de los cincuenta. Los proyectos, en su mayor parte, ya están en ejecución, algunos para siempre logrados, otros encarnándose y tomando cuerpo aún.
Muchos ya sin tiempo para realizarse o para inaugurarlos ex novo.
A esta etapa de la existencia, que supone haber alcanzado cierta meseta vital en nuestro crecimiento personal y profesional, corresponde el interés por la experiencia de la vida, por la valoración de sus logros, por la evidencia de las trayectorias no recorridas. Hay una mayor sensación de obra cumplida y de urgencia por los planes que todavía hay que culminar.
Estamos ante un eje axial de la vida.
Vida cumplida ya y no mera promesa.
Las elecciones que hemos ido tomando han dado una cierta figura a nuestra biografía, como cuando se mira el perfil lejano de una cordillera. Hay cosas que nunca haremos, otras que aún aguardan con paciencia nuestro empuje. Y de pronto, entre esas incertidumbres y certezas, surge la necesidad de no perder tiempo, de no dedicar las horas a aquellas tareas que no son urgentes.
Que nos urgen.
La vida, limitada siempre, revela ahora otra de sus caras relacionales la de «la necesidad de actuar con acierto. Marías habla de la intensificación del imperativo de acertar» (Ortega, las trayectorias Madrid,1983, p. 414). Es un momento de vida de serenidad y urgencia al tiempo, un instante crucial y complejo de la existencia, al que quizás no se ha prestado la debida atención a causa del mito de la crisis de los cincuenta. Aunque los mitos siempre tienen un fondo oscuro de verosimilitud.
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