Quien se confiesa ante Dios no habla a los hombres; al menos, no directamente, porque incluso en esa confesión hay testimonio. No es Dios quien lee Las confesiones que escribe Agustín, sino otros hombres como él, quienes vivían con desasosiego la caída del Imperio Romano y acaso sentían la punzada de la nostalgia de los dioses abandonados. De modo que, en este caso, la confesión autobiográfica es un acto de contrición, un pedido de perdón, que busca la remisión de los pecados y la remoción de la culpa del autor. Dios es el centro de una experiencia vital y el medio por el cual nos entendemos con los demás hombres. Todo se refiere a Él y todo en Él cobra sentido. Dios lo llena todo.
Con todo, permíteme que hable en presencia de tu misericordia, a mí, tierra y ceniza; permíteme que hable, porque es a tu misericordia, no al hombre, mi burlador, a quien hablo. Tal vez tú también te reirás de mí; mas vuelto hacia mí, tendrás compasión de mí.
Y ¿qué es lo que quiero decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, a esta, digo, vida mortal o muerte vital? (Las confesiones, I, cap.VI, 7).
No hablar a otros hombres y dejarlo, sin embargo, por escrito es, cuanto menos, enunciar una palmaria paradoja. El lector ideal es Dios, quien no necesita leer nuestra confesión, pues nos sabe de modo eminentísimo. He aquí, pues, una característica de todo texto, que lo es para ser leído por otros, que se dirige al prójimo, incluso al lejano en el tiempo y en la generación. Cualquier texto supone un reconocimiento, siquiera que implícito, de la historicidad humana, de nuestra naturaleza histórica, así como de la falibilidad de la memoria, la limitación de la vida concreta para explicarse a sí misma y nuestra necesidad de buscar una fijación o paralización de lo que acaece, que siempre será incompleta, tanto por decir un texto lo que dice como por dejar entrever de alguna forma lo que se calla y por hacerlo del modo que lo hace. Los textos, ya lo dijo Platón, no responden por completo a nuestras preguntas. No lo hacen nunca.
Queda finalmente la tercera posibilidad, a saber: que quien escribe una autobiografía lo haga, en buena medida, para confesarse ante sí mismo, con la finalidad de entenderse, de clarificarse, de arrojar luz sobre sus vivencias, de saberse o, incluso de revivirse (como en el caso del famoso y archineurótico Diario de Amiel).
La intención contradictoria de mi libro estriba en el hecho de que el más reservado de los hombres trate aquí de revelarse a sí mismo. A fe que resulta muy difícil. (N. Berdiaev, Autobiografía espiritual Barcelona1957, p. 25).
A veces no hay una respuesta unívoca a las preguntas aquí planteadas, sino sólo una respuesta dominante, por decirlo de algún modo. Quiero decir con esto que las autobiografías son a ratos intentos de explicación de uno mismo a los demás, de autojustificación o, incluso, de confesión y arrepentimiento, en grado diverso. Es, posiblemente y por encima de las intencionalidades explícitas de sus autores, el talante de la época el que lleve a que predomine uno u otro de esos fines sobre la escritura e, incluso, sobre el sesgo que toma el género en cada época o lugar.
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