Con todo, conviene no caer en difusas beaterías. Hay un claro beneficio en el interés genuino por la vida de otras personas, puesto que de alguna forma necesitamos nutrirnos con ellas. Esto es así por nuestra naturaleza relacional. Necesitamos conocer de qué forma han encarado otros el proyecto de sus propias vidas, para entusiasmarnos también por el nuestro. Aprendemos de los otros, vicariamente, pero también con los otros. El biógrafo nos incita, en la lectura de otras vidas, a contemplar sobre sus textos la apuesta radical que cada ser humano tiene que hacer con su existencia. Los otros nos confiesan cómo encararon su destino por la voz mediada del biógrafo, y éste hace más compleja nuestra mirada sobre la existencia al hacernos partícipes de las que otros tuvieron y de su modo de encarar sus diversos destinos de poeta, aventurero, político o pensador. Hay algo ejemplarizante en toda biografía, que no pasa por levantar un monumento al héroe y contemplar la estatua desde lejos. Lo que alguno hizo en algún otro momento histórico, en cierta manera también nos sirve a los demás.
Para llegar a ser hombre he necesitado de los demás; y los sigo necesitando para sobrevivir en mi circunstancia como heredero o continuador. Son los otros parte esencialísima de mi vida, y sin ellos no habría ni quiera circunstancia alguna a la que atender. El mundo no es ese conjunto de objetos inanimados que me rodean, igual que la circunstancia no es tampoco aquello que me circunscribe de más cerca, en proximidad. El mundo o la circunstancia son también los demás, los que me precedieron y aquellos a los que dejaré mi legado, mi forma de estar en el mundo viviendo mi vida y cumpliendo el proyecto en que solo yo consisto. Los demás no son entes abstractos, figuras arquetípicas sin más. También lo son, sí, en un momento segundo, cuando teorizo, pero no en el primer momento, cuando me abro a la circunstancia y topo con ellos, inevitablemente, como parte del mundo con que he de contar para hacer mi vida. Los otros están ahí, me agrade o no, mirándome mientras los miro; y ellos y yo somos conscientes de esta mutualidad. Algo muy diferente de lo que nos sucede cuando contemplamos una piedra o la más brillante estrella del firmamento.
Desde que nacemos nos entrenamos en adquirir las habilidades que van a hacer de este aspecto del horizonte -los otros- el referente básico de nuestra vida. Aprendemos, por ejemplo, la lengua y los conceptos; pero aprendemos también realidades de una enorme sutileza y dificultad, y que tienen que ver con nuestros recursos relacionales, sin los cuales andaríamos dando tumbos por el mundo como si estuviéramos ciegos; por ejemplo, aprendemos a interpretar la intencionalidad de la conducta de los demás. Hay en ello como una magia inquietante y misteriosa. Y hoy sabemos que lo hacemos antes de aprender a hablar, siendo apenas unos bebés de pocos meses de vida.
Sabemos que muchos investigadores que trataron en el pasado sobre nuestras primeras etapas de vida lo hicieron como si los niños fueran adultos en miniatura, adultos aún no hechos del todo. Creyeron, pues, que el ser humano empezaba a serlo cuando se asomaba al abismo de su vida adulta, casi cerrada ya la adolescencia, ese tiempo en que con más o menos claridad nos proponemos tener que hacer algo con nuestra existencia: emparejarse, ganarse la vida inclinándose por un oficio o profesión y otras vicisitudes del comienzo de la joven madurez. Descuidaban, así, que el legado y el aprendizaje se sumergen en momentos que están alejados de la conciencia del propio individuo, en sus reglas familiares, o en las expectativas que sus progenitores le legaron y transmitieron.
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