Biografía e indagación

Publicado el 8 de febrero de 2026, 18:57

   No nos encontramos en el mundo con el bagaje que llevamos en la adultez, sino con la elasticidad ingenua de los niños, esa innata capacidad que poseen casi todos ellos para superar incluso las situaciones más difíciles, a poco que encuentren la palanca que les ayude a mover su mundo. Es lo que los psicólogos bautizaron, con feo nombre de propiedad física, la resiliencia: capacidad que tienen algunas cosas de volver a su posición o forma inicial cuando se ha sufrido una violencia deformante. Por ejemplo, el niño que sufre raquitismo emocional porque no recibió suficiente nutrición relacional, pero que alcanza la altura de sus contemporáneos cuando es amado por una figura compensatoria. Los seres humanos necesitamos más de este tipo de nutrición que de la física, como puso en claro H. Harlow en sus estudios sobre el apego y los famosos monitos Rhesus aferrados a su mamá sustituta de felpa en lugar de la que tenía la tetilla con el alimento, fundida con frío metal. El niño, pues, no es un adulto en miniatura, pero es el lugar desde el que el hombre se eleva sobre sí mismo.

 

   Y todo esto, aplicado a la biografía, ¿qué quiere decir? Por lo pronto, que no es suficiente con disponer de los datos de origen del sujeto biografiado para entender algunos de los aspectos más esenciales de su desarrollo como persona. Debemos indagar no solo en quiénes fueron sus progenitores, sino sobre todo en cómo lo fueron. La elección de vida depende en buena medida de cómo fueron las relaciones manifiestas y subterráneas que uno vivió en su familia de origen. Basta con que nos analicemos a nosotros mismos para darnos cuenta de qué afán pusimos, no solo de niños, también de adultos, para obtener el reconocimiento de aquellos para quienes éramos importantes; y cómo lograrlo o no nos arrastraba a diferentes paisajes emocionales, a altas cimas o profundos abismos de turbación emocional. Este es el peso de nuestro pasado singular, biografiado. Resulta, a la postre, que ya comenzamos antes de haber nacido, y somos herederos en un sentido muy profundo, que va más allá de los elementos superficiales. Heredamos también las pautas transgeneracionales, las trayectorias no vividas, las ambiciones y deseos no satisfechos. La herencia se prepara, a nivel familiar, mucho antes de que abramos los ojos al mundo y, como ocurría en las antiguas tragedias, una parte de nuestro inevitable destino está ya escrita antes de venir al mundo y empezar a rondarlo.

 

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