Centro y periferia

Publicado el 10 de febrero de 2026, 19:12

   Uno es siempre el centro de su vida, vinculado a múltiples periferias que le rondan cerca o lejos. Esa cualidad de ser el centro de sí mismo es, sin embargo, algo ilusoria o, cuanto menos, paradójica; pues nuestra naturaleza centrípeta salta hecha pedazos cuando comprendemos que, al mismo tiempo, somos también periféricos en la vida de los demás. Periferia y centralidad son, pues, dos puntos en el arco de cualquier biografía, pues somos lo uno e, inevitablemente, lo otro. La centralidad de nuestra vida se puebla de muchas personas que son periferias de mi vida, siendo -para ellos mismos- sujetos tan centrales como yo digo serlo de la mía. Conformamos un mosaico, yo y los otros, cuyas piezas se necesitan y exigen. Los otros, en grado diverso de intensidad, me asisten, me dibujan, me dan valor, me reconocen o pugnan conmigo.

   Soy casi dueño de mi vida, y, al escribir, leer o hablar con otras personas, algo en mí se contorsiona para migrar a esas vidas y describirlas desde dentro, desde una interioridad a la que me aproximo, aunque, como existencia, siga siéndome ajena. Tal comprensión vicaria es, sin embargo, esencial al terapeuta, que asiste como testigo accidental del relato que otros cuentan de sus vidas. Sin esa resonancia sería difícil que comprendiéramos los más sutiles matices de la personalidad de cuantos vienen a nuestra consulta a desnudar sus vacilaciones, sus miedos, sus incertidumbres, sus querencias y deseos más profundos. La periferia define mi centro y completa su naturaleza. De algunas de esas personas periféricas acabamos formando parte importante, pues cuando se hace una buena terapia, siempre hay un antes y un después en la vida de aquellos que la hicieron. Y el terapeuta, tan periférico para ellos, ha sido, durante un tiempo, parte central de su experiencia de cambio y transformación.

    Hay una multiplicidad de periferias, y esto sólo puede considerarlo quien se encuentra bastante seguro de cuál es el centro que ocupa su propia vida y no teme perderse en ese paisaje extraño y extranjero que son los demás. La curiosidad por el prójimo es el resultado de un desbordamiento de nuestra propia vitalidad, que nos transmuta en viajeros y descubridores de otros orbes ajenos, sin que por ello hallamos de temer la pérdida del nuestro.

   Es un extraño privilegio humano éste de poder conocer, según medida, en grado diverso, a los otros como personas y no como meras cosas que se hallan instaladas en nuestro horizonte vital o mundo.

   A veces uno sospecha que se hizo terapeuta por una rara generosidad que también otras tantas veces se niega a admitir (a admitir que la tuvo, que aún la tiene), quizás por un exagerado sentimiento de pudor social. Esa esa generosidad para poner en suspenso el propio interés y colocarlo en la tarea de descifrar el enigma que es siempre la vida extranjera del otro. Esfuerzo amoroso, sin duda, o amable generosidad. Por decirlo con una sola expresión: curiosidad genuina.

   Hay personas que sienten una auténtica y generosa o altruista curiosidad por los demás. Y esto ocurre por un exceso de vitalidad. Nadie que tenga una vida empobrecida puede dedicar siquiera que un minuto de la suya a la vida de su prójimo, excepto, como ya sabemos, para emitir sobre ella un juicio o chascarrillo, las más de las veces vejatorio y lapidario, que dice más de quien lo emite que de quien lo recibe.

    

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