Cazador de libros

Publicado el 13 de febrero de 2026, 20:21

   Una de las cosas que hice de joven con intenso, apasionado apremio fue leer cuantos libros venían a parar a mis manos. Con las largas horas del estío por delante, los libros iban cayendo como si ya hubiera llegado el otoño y se desprendieran de los árboles con mansedumbre, de modo natural. El otoño y el invierno invitaban con el frío al recogimiento de la lectura, bien aposentado en un sillón cuyo cálido abrazo de terciopelo aún recuerdo. Leí mucho durante muchos años. Algunos libros hasta diez o doce veces, porque en casa había mil razones para escatimarme la lectura: que ya tenía libros de sobras (nunca suficientes), que me iba a estropear la vista (no fallaron en el agüero los profetas) o que tenía que salir más de casa con los amigos, quienes, por suerte, fueron también apasionados lectores, al menos los que conocí terminando el bachillerato. Así que lo que repetí en más ocasiones en aquellos años, antes de pisar la facultad, fue leer, desquiciada, atrabiliariamente; entregarme a la lectura sin hartazgo, tal vez sin medida. No me hago memoria sin un libro en la mano.

    También durante la carrera y en la primera juventud. Los libros me han acompañado con inseparable fidelidad perruna. Nada me podía hacer más feliz que comprarme un nuevo título largo tiempo deseado, sopesarlo entre mis manos, olfatearlo incluso, con un sentimiento de posesión enigmático y secreto, intransferible. Descubrir un libro muy buscado en una librería de lance era otro de mis inconfesables placeres literarios de entonces. He seguido siendo por años lector de segunda mano, de libros que llevan en sus páginas las sombras de otros lectores, sus nombres, la fecha del regalo, a veces una dedicatoria que pone en evidencia lo fugaces que somos y lo livianas e intrascendentes que resultan casi siempre algunas promesas de amor o de amistad. Se juró la eternidad mortal y, a los pocos años, el libro yacía desmayado en la cesta de los lances, a un precio ridículo. Como huella de un amor contrariado, tal vez. De una amistad truncada. De un exceso de peso del que tuvimos que librarnos. De otra vida.

     He encontrado de todo en mis pesquisas librescas y no hay ciudad que visite en que no reconozca mi afán por el descubrimiento, testarudo sabueso. He comprado libros en idiomas que no sé leer, por el mero placer de guardarlos en mi biblioteca y acariciar sus lomos de tela o piel de vez en cuando. Poseer un libro es como mantener en pie una promesa, incierta pero esperanzada. Como un amigo que espera descubrirse, como un afán que no tiene día de cumplimiento. Un gesto que protege de la intemperie. Un anhelo.

    He tropezado entre sus páginas con cartas de amor olvidadas, con recetas de cocina o billetes de trenes que pasaron por aquella estación hace décadas. Incluso, en una ocasión, con un mechón de pelo atado con una cinta, memoria indefinida de amor o muerte. Recuerdos olvidados de vidas paralelas, que alguna vez ojearon las mismas páginas que se deslizan ahora entre mis dedos.

    A veces me asombra pensar que hubo un tiempo en que los libros fueron artículos de lujo, bienes escasos que sólo unos pocos podían gozar, como uno más de sus privilegios, con desgana. Hoy el asombro viene de lo contrario, por lo mucho que tenemos al alcance de la mano y lo escaso que resulta hallar aquel libro que te conmueva o golpee. Ahora la caza se ha vuelto distinta, discriminada. Me voy haciendo viejo y necesito conmoción y fuego para no descuidarme y entrar en la muerte, como dice el poeta, con los ojos bien abiertos. Necesito palabras imprescindibles, que me hagan decirme en secreto: ¿Cómo era que no lo conocía…? ¿Cómo fue que pasó desapercibido? Sigo así las huellas de lectores tan empecinados como yo, a la caza del libro que me ilumine, aunque sea tan sólo un breve instante.

   Hay mucha carne de papel en los aparadores. Lecturas para pasar el rato. No las condeno. A veces también descanso en ellas, pero solo para retomar fuerzas y seguir en esa pesquisa infinita en que convertí mi vida. No añoro otras vidas, huelga decirlo. Me gusta este oficio de cazador. Me entrené durante décadas para seguir los rastros. Hay otras formas de vivir.

   Las visité en los libros.

    La mía es ésta.

 

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