Escribió Denis de Rougemont algunas de las páginas más interesantes y promisorias del siglo XX sobre el amor conyugal y el romántico, así como acerca de algunos mitos que personifican las fuerzas que amenazan este amor en occidente, o lo subyugan: Tristán y Don Juan. Amenaza que, a pesar de todo, tal vez haya sido el acicate necesario para la subsistencia del mito romántico del amor en el imaginario de nuestra cultura. Como si el amor no pudiera vivir sin susto en el cuerpo, sin ese duelo que avisa de que se nos acaba el tiempo y aún hemos de poner en claro de qué estamos hablando cuando decimos amor.
Necesitó el pensador suizo dos ensayos para exponer una parte de sus ideas. Ensayos que hoy aún se leen con satisfacción y encubierta alegría, y que siguen reeditándose con reiteración y éxito. Me refiero a “El amor en occidente” y su necesaria continuación en “Los mitos del amor”[1], cuya lectura concluí hace escasos días. Al menos, provisionalmente. ¿Y por qué digo que provisionalmente? Porque creo que estos dos textos, al tratar temas tan nucleares, nos impelen a una constante revisión y relectura, tanto por aquello que cuentan, cuanto por aquello otro que amagan y no dicen. Vaya por delante lo lejos que queda Rougemont de la mayoría de pensadores postmodernos. Parece de otro siglo. Lo es. La obra está a punto de cumplir casi cien años. Al amor se le ha dado tantas vueltas que hoy nuestros abuelos apenas entenderían de qué hablamos cuando usamos este término. Junto al “ser”, que, como señaló Aristóteles, se dice de muchas maneras, el amor es el otro gran universal de nuestra cultura, pues poco hay que no gire como peonza en torno suyo. Tanto es así que la definición más escueta de Dios que yo conozco –y sé de unas cuantas[2]- es la del evangelista Juan, quien dice que Dios es Amor.
Quiso Rougemont explicitar el conflicto básico del amor en nuestra cultura; a saber, el ineludible conflicto entre el matrimonio y la pasión en Occidente. Pugna en la que, dicho sea de paso, Rougemont cree que nos jugamos la pervivencia de dicha cultura. Al menos, de la cultura tal como la conocemos a día de hoy. La pasión, y su sucedáneo, el romance, apenas dejan ya hueco al matrimonio, que es, al decir del pensador, la organización que ha venido estructurando por más tiempo nuestro mundo occidental en diferentes épocas. Pero hoy las tornas parecen haber cambiado. Nuestra cultura se ha visto impelida a fabular sobre la pasión, y a sostenernos en ella, que es como hacer funambulismo entre el sufrimiento y el deseo. El cine y la novela han actuado como espejos reflectantes de este sentimiento. Su luz nos ha iluminado, pero ese deslumbramiento ha dejado amplias zonas de la vida relacional en impenetrable oscuridad.
La pasión es vida, más vida incluso que la vida cotidiana: es promesa, y, por ende, es ideal. Todo en nosotros conspira por esta intensidad de más vida. No nos basta la sobrevivencia, ni siquiera la existencia, lanzados como vamos hacia una vida mejor. La promesa de dicha vida, intensa, rica, apoteósica, está inserida en la raíz del hombre occidental. Y en su desgracia. Porque su origen no es sexual, sino religioso. La vida mejor no puede ser esta. La vida mejor es la otra vida. Y su anhelo convierte en un infierno el tiempo cotidiano. O, al menos, en un abúlico purgatorio. Sólo parece que la pasión lo salve y lo restituya.
La pasión no quiere orden, porque ella misma es desacato, rebeldía y, en último extremo, se encarna (y encama) como adulterio, dice Rougemont. Hoy hablaríamos con otros términos, quizás alejándonos así de la moralidad y de los pactos. También de la cultura. Pues la infidelidad en la que suele desembocar la pasión es una ruptura de orden moral, no una sencilla predisposición genética que nos obliga y determina. Y, por el contrario, una pasión que deviniera matrimonio habría de ser, con pocas excepciones, una pasión moribunda, agonizante. El matrimonio es el altar donde se consuma y se consume la pasión.
Las razones de la pasión suelen ser oscuras, como lo es en su origen el mito. Su fuerza radica en que no podemos medirlas, ni justificarlas. Porque la pasión, en sí misma, es lo que justifica las acciones que de ella se siguen, y que suelen culminar en la desgracia. No hay pasión que no sea desgraciada.
Por contra, no hay matrimonio, entendido como unión armónica, duradera y estable entre dos personas, que encuentre oscuro su origen. No la atracción, a menudo resultado de una colusión inconsciente, sino el motivo por el que se fundó y estableció esta relación de estabilidad y duración. El matrimonio admite ser explicado. Hasta el punto de que incluso hablamos de matrimonios pactados o de conveniencia. Las parejas casadas saben dar razones sobre los motivos de su emparejamiento (para salir de la casa familiar, por miedo de estar solo o sola, porque me llego la edad de sentar la cabeza, porque parecía un buen hombre o una buena mujer, porque su físico me gustaba, y también su carácter…en fin, una larga ristra de razones poderosas que forjaron el matrimonio… y tal vez lo forzaron). El matrimonio exige duración, por compromiso moral, social y legislativo (aunque esto cada vez menos).
La pasión no, nada de todo esto configura la pasión, que arde y se consume con gran celeridad. Frente a la duración estática, la pasión coloca en la existencia la inestabilidad cambiante; frente a la promesa, el embeleso de las fuerzas de seducción y repulsión. La montaña rusa frente a la balsa de aceite, o la intensidad frente a atonía.
En ambos casos, sin embargo, nos encontramos con la paradoja que Rougemont ha puesto en claro: cuando en nosotros dominan los mitos del deseo y de la pasión, aflojan su tensión los del amor. Cuando uno, el deseo, se hace presente, el otro, el amor, se oculta. La alternancia cíclica se moldea sobre crisis sucesivas. La consunción es el final de la pasión, su última estación, no el matrimonio. Si Tristán se hubiera casado con Isolda la rubia, o don Juan con doña Inés la novicia, la pasión habría decaído en poco tiempo. Sólo la muerte puede restituirla, y, de hecho, es la muerte la que la rescata.
El matrimonio está sometido al drama de tres fuerzas que lo configuran con exigencias dispares: lo sexual (el intercambio de placer), lo sentimental (el intercambio afectivo) y lo social (el intercambio de acuerdo a los imperativos y exigencias de la sociedad). Ellos construyen el drama y la inquietud del matrimonio que, aunque busque la estabilidad en la relación, acabará reconociendo que esa no es estática, sino dinámica. Pero una dinámica continuidad en el tiempo. Al contrario que la pasión, el matrimonio se constituye en el tiempo.
Tampoco la pasión es estable. Ella, más que ninguna, no lo es nunca. Dejemos el espacio de la pasión abierto a un futuro compromiso amoroso y veremos cómo languidece de a poco. Ahora la deseo, me dijo un paciente hablándome de su amante, pero tal vez cuando esté libre y pueda vivir con ella, la cosa será distinta, mucho más parecida a lo que ahora tengo con mi esposa. Si se equivocó, al menos no se engañó.
[1] Ambos publicados en español por Kairós.
[2] Dios es el que es, Dios es el ser sumamente perfecto, Dios es el primer Principio, el Motor Inmóvil que todo lo mueve, El Acto Puro, el Ser Necesario…etc.
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