El núcleo de la formación de la pareja es el deseo. Su comienzo a menudo, su arranque.
Pero el deseo, que desemboca en una relación sexual, no conduce por sí mismo, a pesar de su potencial intensidad, a conformar una pareja, porque no necesariamente conlleva idea de proyecto ni proyección hacia el futuro. El deseo, en su inmediatez, apunta al valor estético de la pareja: “me gusta”, que puede impulsar, o no, a perpetuar la relación. En la relación entran con fuerzas otros componentes que van más allá del elemento estético inicial; componentes que podríamos llamar, para resumir, éticos.
La pareja define un territorio de pertenencia y un proyecto que busca dilatarla en el tiempo. La duración es uno de los elementos que diferencia a la pareja de lo que sería una fugaz aventura o un lío. Genera expectativas y construye un contrato (explícito o implícito) que tiende a la perduración. No es un mero encuentro casual. Se genera un compromiso, que se va consolidando con el tiempo.
Casarse es un ritual de pertenencia mutua, pero también de exclusión de otros y de reconocimiento social. El casamiento define un vínculo de alianza entre dos personas y dos familias, que hasta entonces se desconocían.
Casarse es una acción que, por tanto, indica un proceso en el tiempo, que comienza –pero no acaba- en la ceremonia del matrimonio. Es también un proceso asincrónico: los dos participantes no se casan con el otro al mismo tiempo ni con la misma intensidad. Por eso se prometen en la boda ciertas cosas, porque lo prometido ha de hacerse, todavía no está o está sólo en potencia. La promesa es la potencia que debe desarrollarse en acto con el tiempo. Irse haciendo.
Hoy vivimos una época de premura e inmediatez y, por tanto, un tiempo que vive desasosegadamente su paso, su transcurrir. Un tiempo que demanda instante y presentividad: aquí y ahora, y aquí y ahora ya. Estamos, por ello, en el umbral de una época antimatrimonial. Todo se fía al deseo, desde el supuesto que el deseo podrá con todo. Metidos en el presente, no percibimos bien el alcance de las modas, que nos parece logros que se mantendrán per tempora.
En la relación de pareja, puede haber alguno que aún no haya llegado a casarse después de la ceremonia de casamiento; por ejemplo, porque todavía lo está con algún miembro de su propia familia de origen, con una madre o con un padre. Y puede estarlo así por largo tiempo, poniendo en peligro la propia relación recién formada. No ha abandonado aún a su padre o su madre y no ha formado una nueva sola carne, como decía el apóstol con fino olfato psicológico.
En otras ocasiones son ciertas circunstancias sociales las que detienen el proceso congelando el matrimonio, como cuando dicen estar juntos por el bienestar de los hijos o por dependencia económica. El matrimonio, no cabe olvidarlo, es también un negocio: podemos tener ganancias o pérdidas. Y en lo afectivo asumimos muy mal las pérdidas, que además tiene repercusiones por largo tiempo en los bolsillos. No podemos quitarle su peso.
No toda la gente que desea a alguien llega a casarse con esa persona, bien porque se acaba el deseo, bien porque danzan al ritmo de sus propios miedos, bien porque esperan de mañana un encuentro mejor, el más perfecto, el que aún no ha llegado, como en el cuento de Henry james, “La bestia acecha”. Llegó, pero pasó de largo porque teníamos la atención colocada en otro objeto y otro objetivo.
No hay una regla que ajuste el deseo con el logro del matrimonio. Cuando un discípulo joven e inquieto le preguntó a Sócrates qué debía hacer, si casarse o no, éste le respondió con gran cautela: “hagas lo que hagas, te arrepentirás”. Y, desde entonces, los filósofos elucubran sobre qué condiciones se han de dar para afrontar el paso. De todas, la mejor para mí es aquella que dice: “mi vida contigo es más interesante que mi vida sin ti.” Tú haces que mi vida, por sí valiosa, sea mejor por tu presencia en ella. Podría vivir sin ti sin restar un ápice al valor de mi propia vida, pero al estar tú en ella conmigo ésta es aún mejor.
El mejor amigo o amiga ha de ser tu pareja, pero esta cualidad de la amistad es también importante porque a los amigos los aceptamos como son, con sus brillos y tachas, sus defectos y sus virtudes; pero muchas parejas se casan con la expectativa de moldear a la pareja y hacerla a su medida, como un traje de alta confección. Grave error, que generará rencores y reproches, porque al final aquel o aquella son como son y sólo pueden cambiar si desean hacerlo por sí mismos, por el desarrollo evolutivo de sus propias expectativas y de su forma de estar instalados en el mundo. Nadie cambia por amor, aunque a veces algunos intentan que esto ocurra. Fracasan en el intento.
Y hay que tener cuidado con lo que nos gusta ahora de nuestra pareja, porque con el tiempo es justamente lo que caeremos en reprocharle. Me gustó de ti tu timidez, tu prudencia, tus largos silencios y ese poético estar en ti como ausente. Pero ahora ya no soporto tener que ser yo quien tome la iniciativa de todo y no saber si te gusta o no, o ni siquiera qué es lo que te gusta, porque callas y otorgas con tus irritantes silencios. Me fascinó de ti tu afán de aventuras, tu no parar quieto, tu sociabilidad abierta y afable, tu ambición; pero ahora me disgusta que no estés nunca en casa, que vayas siempre con los amigotes, que le dediques tanto tiempo al trabajo y que tengas tanto afán por medrar…
A veces parece como si en la pareja fuera parte esencialísima de su definición la insatisfacción de su imperfecta naturaleza.
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