La pareja es más que los individuos que la componen. Es más, porque sus miembros vienen de dos familias y dos historias diferentes y de distintas expectativas también. No es, por tanto, la pareja la suma de sus capacidades individuales, sino una tercera cosa distinta, como son distintas las propiedades del oxígeno y el hidrógeno cuando se unen como agua. Lo que cada cual aporta suma y resta a la pareja. Lo que yo soy solo para mí no es todo lo que soy en mi relación de pareja: hay propiedades y cualidades que solo emergen en la relación y que no eran importantes para los miembros de la pareja en tanto que individuos, pero si para la pareja en tanto unidad. En la terapia de pareja es clave preguntar a cada uno de sus componentes cómo vas a ayudar tú a que la pareja (no el otro miembro, sino la pareja como entidad) sea mejor. Cómo y qué vas a hacer para cuidar de la pareja. La pareja tiene esa dimensión supra individual que no es el otro o la otra, sino un tercero distinto, un dúo que es más que la suma de las individualidades que la componen.
No basta, pues, que uno quiera si el otro no lo quiere así. Y por uno mismo, por la propia voluntad soberana de uno mismo no se puede hacer. Porque la pareja se hace por dos, aunque se pudiera deshacer por el deseo de uno de ellos.
La pareja es una realidad mental con efectos prácticos, pragmáticamente hablando. No es un ente como cada uno de los individuos que la conforman, con sus claras fronteras corporales. La pareja está, aunque no se halle con nosotros el otro miembro del tándem. Lo vemos, por ejemplo, en el duelo de la pérdida, donde la pareja sigue viva en el superviviente, aunque su acompañante ya no esté. Porque la pareja es una entidad psicológica, ese dos que somos uno, aunque el uno no tenga la existencia de un objeto, pero sí la consistencia de una realidad relacional, emocional y afectiva.
La vivencia de la realidad de la pareja difiere a menudo entre hombres y mujeres, dependiendo también de las historias previas y significativas que ambos hayan tenido en el seno de sus respectivas familias de origen. Los aprendizajes de la familia de origen no son una condena, pero sí una inclinación. La conyugalidad, una de las dimensiones constitutivas de la pareja, fue aprendida por ósmosis en el estilo relacional de nuestros padres, ya sea que aceptásemos de forma consciente y voluntaria el estilo en que la desarrollaron, ya que diéramos muestras explícitas del rechazo del modelo que ellos nos presentaron. A menudo, para numerosos varones la imagen mental de la pareja les lleva a vivirla como un espacio demasiado cerrado, estrecho, asfixiante, del que quieren escapar o al que no querrían entrar y se resisten. Sospecho que detrás de esa representación mental hubo algún progenitor que ejerció ese papel invasivo y controlador. Para muchas mujeres, la pareja sería la imagen idealizada de un espacio seguro, de protección, desde el que ejercería –si así se desea-la crianza compartida de los hijos. Sospecho que esto tiene un origen evolutivo de larga data, basado en el reparto de las funciones entre cazadores y recolectores. Venimos de atrás, siempre venimos de atrás. Pero ahora hay un rechazo explícito de este atrás por ser la cuna de nuestras vivencias más frustrantes, aquello que nos encontramos ya dado, vivido como opresivo: un destino no querido.
Expectativas diferentes generan un sinfín de conflictos. Como dice A. Canevaro, quizás la pareja sea la unidad social más difícil y compleja que los seres humanos hemos inventado, porque se basa en una elección libre que nos ata y cuyo vínculo, además, no viene dado por la biología.
Cuando las personas apostamos por la pareja a menudo hay partes de nosotros como individuos que no conocemos y otras que aún están por desarrollarse. Eso hace todavía más complejo el crecimiento sincrónico de la relación de pareja. A menudo veo en terapia de pareja a dos cónyuges que, además, estaban ya llevando su propia terapia personal cuando acudieron a la terapia. No es lo mejor, porque el crecimiento individual es distinto del crecimiento de la pareja y a veces son dos movimientos contrapuestos, que fragilizan la relación de pareja. Pero son los tiempos que nos tocan vivir, de individualismo rampante. Los individuos nos conocemos en nuestros universos relacionales, no con una mano en la mejilla, como dice Machado que Kant lo llegó a conocer todo. Y resulta que ahora se es un kantiano que se mira en el espejo. Un kantiano narcisista, fascinado por la imagen inmóvil que el azogue nos devuelve. Y luego vamos a la relación…
No es la única fragilidad de la pareja: el ciclo vital individual muestra también sus efectos como fisuras en la relación, a veces pequeñas grietas casi invisibles y otras que, de agrandarse, adivinan ruina en el edificio conyugal. La prioridad que hoy damos a la maduración del individuo, a su espacio propio y personal, a su desarrollo como individuos singulares introduce elementos disolutivos en una pareja que se formó en esos momentos de inmadurez de ambos cónyuges. ¿Crecimos juntos o crecimos separados? ¿En la misma o en distintas direcciones? ¿Qué fue lo que priorizamos?
Si todo ello fuera solo una suma de hechos o vivencias, podríamos encontrar un territorio de debate común, una palestra donde medirnos; pero a menudo sobre este campo de batalla alzamos también las armas de lo ideológico, que pueden debilitar el proyecto compartido cuando tratamos de que lo ideológico no sea sino un mapa orientativo, sino la realidad misma en la que queremos habitar.
En el mundo de los deseos cambiamos más rápido, con mayor celeridad, que en el mundo de los hechos, los hábitos y las costumbres. Los seres humanos somos animales de costumbres. La tendencia a repetirnos es trigeneracional. Cuando se observa a una familia en su nexo entre el pasado y el tiempo actual somos capaces de captar esa perspectiva. Por eso de viejos captamos con nitidez nuestro parecido con nuestros progenitores, algo que no pudimos consentir en nuestra juventud porque luchábamos para ser otra cosa. El viejo ve la reiteración, incluso la no buscada. Porque a nivel relacional las cosas se repiten. Y es en ese nivel donde en la vejez nos adivinamos mejor.
La pareja no es una relación que esté ya dada desde que se constituye como pareja, sino que, por decirlo así, necesita renovar sus votos cada cierto tiempo, porque es una relación que se trabaja. ¿Cuánto esfuerzo y tiempo le dedico a la pareja? es una pregunta que conviene que nos hagamos, porque, por otro lado, el tiempo que invertimos en nosotros mismos lo tenemos bastante bien tasado. Y ese tiempo que cada cual se dedica a sí mismo y su propio crecimiento no es un tiempo que automática ni directamente revierta en la construcción de la pareja.
Ese es otro tiempo.
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