La tradición sistémica, con honrosas excepciones a lo largo de su desarrollo, ha puesto bajo sospecha esa costumbre de etiquetar de forma diagnóstica cualquier conducta que se desviara de la norma. Ha sido un proceso desarrollado en paralelo con el propio devenir de los conceptos básicos en torno a la salud mental y física de las personas, de las organizaciones, las sociedades e incluso del mundo en que habitamos. Mucho me temo que no hayamos llegado aún al final de este proceso, si es que algún final hubiera de tener. Más que esa permanente insatisfacción por la insuficiencia de las categorías, lo que de verdad temo es que, al hilo de las modas -y de otros intereses menos confesables-, estemos asistiendo a una recuperación en su versión más dura de ciertas categorías diagnósticas, convertidas en entidades gnoseológicas inmunes a los tiempos y los contextos donde, si lo tienen, éstas cobran algún sentido.
Siempre me agradó -confieso que por cercanía intelectual-, la consideración magistral que hizo J.L. Linares (2012) de los diagnósticos relacionales como metáforas guía que orientan al profesional en el complejo entramado de las relaciones en que los seres humanos nos movemos (los usuarios, sí, pero también los psicoterapeutas). Lejos de esta consideración suya la entificación del diagnóstico, el tratarlo como un objeto o cosa o algo parecido que le sucede a un individuo en virtud de ciertas características personales, genéticas y sociales también, que lo determinan o al menos lo hacen más vulnerable a presentar ciertas conductas, pensamientos o emociones de tal manera que sean dañinos para él o su entorno. Esto último es, a mi juicio, un error. Un error o una desviación de nuestra mirada como psicoterapeutas. Un sesgo en el que tiene mucho que ver el modelo médico y biologicista, que es un modelo, no nos engañamos en esto, dominante en nuestra sociedad. Y lo es, no cabe negarlo, por razones obvias: por el éxito que tiene en el tratamiento de las enfermedades físicas que asuelan nuestra existencia. El cuerpo enfermo habla mediante síntomas. Éstos, a su vez, se agrupan en elaborados diagnósticos, que son categorías para permitir la intervención y el tratamiento.
El abuso de los diagnósticos ha ocurrido (y sigue ocurriendo, en nuestro empeño por equiparar la salud mental o psíquica con la salud física o corporal) precisamente debido a este éxito para afrontar las enfermedades. Pero al hacer la traslación al universo relacional y psicológico de las personas caemos en lo que podemos considerar un abuso del modelo. Los diagnósticos son categorías que, por definición, están fuera del tiempo, como entidades abstractas que son, no sometidas a los cambios ni a los contextos. Sin embargo, esto no quiere decir que no tengan efectos sociales sobre las personas (como cuando conllevan un estigma social añadido) o sobre los profesionales, ya que les permiten hablar un lenguaje común con que entenderse.
En cambio, cuando hablamos de conductas problemáticas, que hacen sufrir al sujeto que las realiza o a las personas que comparten su entorno, nos estamos refiriendo a procesos disfuncionales que se dan en un tiempo concreto de la vida de esas personas y en un contexto también determinado (familiar, de pobreza o de injustica social, por poner un ejemplo). Como procesos temporales, son mutables por definición y albergan algún sentido (aunque sea el de la propia supervivencia del sujeto que los padece), con efectos pragmáticos, emocionales y cognitivos.
Cancrini, en su precioso y profundo libro Océano borderline (pág. 284) nos advierte con unas líneas que no me resisto a copiar aquí, por su interés y trascendencia: "La observación y la anamnesis centradas sólo en los síntomas y en la inobservancias no ayudan a entrar en contacto con los recursos de una persona que ya tiende a presentar inicialmente lo peor de sí misma cuando se produce la petición de auxilio. A este respecto yo aconsejo vivamente abolir o superar, en las estructuras sociosanitarias, la redacción de rótulos que prevén la anamnesis como recopilación únicamente de los datos sintomáticos.”
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