Entre atender y sacrificarse

Publicado el 7 de abril de 2026, 11:34

¿DESATENDEMOS A NUESTROS PADRES SI QUEREMOS CONTINUAR CON NUESTRAS VIDAS?[1]

 

    Los seres humanos oscilamos en nuestra existencia entre un dar y un recibir cuidados. La primera actividad brota de nuestra autonomía, mientras que la segunda hace más referencia a la dependencia. Culturalmente, acaso por el influjo que ejerce la prepotente cultura anglosajona, individualista y autárquica, se ha sobreestimado la autonomía por encima de otras formas necesarias de relación. Pero el proceso oscilante entre la dependencia y la autonomía a lo largo de nuestro ciclo vital es más complejo de lo que parece. Cuando niños, fuimos dependientes de nuestros cuidadores, nuestros padres y figuras de apego y resiliencia, pero ya entonces crecimos explorando la diferenciación, la separación y la autonomía. En tímidos pero elocuentes ensayos. De adultos, el proceso pareció invertirse, haciéndonos responsables a nosotros de ser la fuente del cuidado de otros, sin que por ello nos olvidáramos también de recibirlos, en el seno de la pareja habitualmente. En la ancianidad regresaremos al punto de origen de nuestra biografía, necesitados como estaremos de que nos cuiden y atiendan. Y entre ese orto y ese ocaso, transcurrirá eso que llamamos vida, nuestra vida.

   La donación y el cuidado de otros son constitutivos de nuestra naturaleza de humanos en relación. Somos cultural y biológicamente seres relacionales. Somos lo que somos porque hubo quienes nos ayudaron a ser. Construimos nuestra identidad de fuera adentro, del mundo a las entrañas. Nuestra especie sobrevivió gracias a esa generosidad de los cuidados. Y fuimos autónomos porque antes otros cubrieron tales necesidades. Suele decirse que estamos, pues, en deuda con quienes nos cuidaron. Y es cierto.

   Lo que no resulta tan veraz es que esa deuda debamos pagarla hacia arriba en lugar de hacia abajo. Luego explicaré por qué lo creo así.

    Vinimos al mundo como resultado, en buena medida, del amor, la ternura y sensualidad que nutrió la vida de pareja de nuestros progenitores. A pesar de sus dificultades –que las debió haber, sin duda-, quisieron dejar con nuestra presencia una huella viva de su amor. Fue su acto generoso de cuidados lo que nos hizo no solo sobrevivir, sino vivir. La pareja que eran conformó, en un paso posterior, eso que llamamos familia. Nuestra familia de origen. Tal vez con el tiempo y el desgaste de la convivencia esa pareja inicial se deterioró y puede que decidieran divorciarse. La pareja declinó y murió en parte. Pero, aunque ya no fueran, lo que hicieron pervivió como parentalidad, pues los padres lo son mientras existen. Ese es el querido destino de la paternidad.

   Como fueron aquellos cuidados que nos proporcionaron en nuestra infancia dependió, en no poca medida, del estilo de crianza que dominó en sus propias familias de origen. Cada uno de nosotros es la decantación de estilos heredados. Al cuidar con amor incondicional a sus hijos, nuestros padres pagaron la deuda que tenían con sus progenitores por existir. Y así también nosotros, con nuestros hijos, pagaremos la deuda debida con nuestros progenitores. La verdadera deuda, que es una deuda ontológica. Esa deuda se paga con la siguiente generación, no con la anterior. Espacialmente, va de arriba abajo: de los primeros a los segundos.

   Hay, sin embargo, una turbia leyenda en torno a los cuidados hacia los progenitores. Una suerte de legado familiar, que nos dicta la obligación de cuidar de nuestros padres. Y el problema no es ese mandato, sino hasta qué punto debemos cumplirlo. Algunos refranes nos recuerdan lo antinatural que parece la conducta cuando pone límites a este mandato social: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, es el que con menos cautela señala el egoísmo que habita en quienes se nieguen a vivir sometidos a ese mandato. Parece que un tal mandato no admitiera matices. Pero la vida está trenzada por esos matices. No la comprendemos si leemos sus delicados signos con trazo grueso.

  Vaya por delante que los padres no nos tuvieron para que fuéramos sus muletas en su vejez. O no deberían habernos tenido para ello. Fue nuestro origen un acto de generosidad, que no hay que empañar con tan oscuro deseo. Por supuesto que cabe la ayuda, pero una ayuda proporcional y a la medida de nuestras posibilidades. Una ayuda que no congele o desarbole la vida que nos dieron. Una ayuda, en suma, que nos permita seguir también adelante con la nuestra. No se es mal hijo o hija por ello. Es un imperativo de salud psicológica el que nos dicta que, para tener un desarrollo sano, hemos de traicionar ciertos mandatos y expectativas familiares. Crecer implica esa traición, o todavía estaríamos viviendo en cuevas.  Una de estas expectativas es la que pudieran tener nuestros padres acerca de cómo querrían ser cuidados. Es normal que lo hayan pensado, pero eso no implica que cada uno de nosotros pueda ayudar como ellos esperan, sino solamente como nos es posible.

  Una vez escuché a una señora mayor confesarme sin embozo que todos los padres deberían haber tenido un hijo médico y otro abogado, para que les cuidara en su enfermedad y les orientara en los temas legales. Otra me comentó que ella tenía que dedicar los domingos de su vida a atender a su madre hasta su muerte, aunque eso le supusiera olvidarse de los suyos y sobre todo de su pareja y sus propias necesidades, porque eso era lo que una buena hija debía hacer. Son aprendizajes que se hunden en lo visceral, en una deuda malentendida, y la manifestación de un cierto fracaso educativo existencial.  No, no deberían habernos tenido para esto. Pero es difícil luchar contra los imperativos sociales. Y raro. Ya se sabe: “Cría cuervos…”.

   Nuestra salud mental depende no poco de tener claras nuestras prioridades y de no olvidarlas sea cual sea la situación vital que nos confronte. Yo lo llamo egoísmo inteligente, pero también lo podríamos llamar “generosidad con uno mismo”. Freud manifestó que “el egoísmo es una de las condiciones de la salud mental”. Naturalmente ese egoísmo inteligente se halla muy lejos del egoísmo tonto que domina en muchos miembros de la sociedad, que llegan a creer que están solos en el mundo y que éste tiene la obligación de satisfacer de forma inmediata sus necesidades más perentorias. Puro infantilismo.

  No, el egoísmo inteligente es el que sabe que somos seres relacionales y nos desenvolvemos y desarrollamos en un mundo donde otros como yo existen y tiene sus prioridades. Hay que aprender a negociar. Eso no significa que olvidemos nuestras necesidades, pero sí que circunstancialmente las podemos posponer. Es un gesto de amor hacerlo así. Pero nunca puede serlo a costa del olvido de las propias prioridades. El viejo mandato délfico decía “compréndete a ti mismo” y añadía: “y cuida de ti mismo”.  Cuidar de ti mismo es atender esas prioridades. Sin tal atención y cuidado quedamos abandonados al albur del malestar psicológico, de la ansiedad paralizante y de la tristeza o, peor aún, de la sensación de injusticia que hay siempre detrás de los malestares relacionales. Por tanto, debemos confrontar ese imperativo de deseabilidad social que nos obligaría a olvidarnos de nosotros mismos en el cuidado de los mayores. Eso no significa no cuidar, sino cuidar según medida.

   Pero esto es anatema para algunas personas y les genera una culpa desbordante que anega el resto de sus quehaceres vitales. La culpa es parte de esa herencia que legamos a los demás cuando queremos que alguien haga algo que nosotros deseamos que haga. Educamos a nuestros hijos e hijas con el látigo que chasquea culpabilidad cuando se alejan del mandato que les imponemos. La culpa es, pues, paralizante. Tiene esa función. Nos pide que seamos lo que otros dicen que hemos de ser, y se abate con la fuerza de un juicio moral sobre nuestras cabezas si no lo somos. Educados así, transmitimos este regalo envenenado a la siguiente generación, quienes lo interiorizarán como nosotros lo hicimos. Sin pensarlo ni quererlo. Simplemente, porque nos parece lo natural.

   Hay, pues, que abrir los ojos ante estos mecanismos relacionales que, por venir de donde venían, dimos por ciertos. Porque para un pequeño la palabra de los padres es la misma palabra de Dios.

   Pero nuestra integridad psicológica nos urge a que crezcamos, a que no nos quedemos de por vida siendo niños, a que ingrese la duda en esos mandatos escritos en piedras sobre las tablas de la Ley. Nuestra salud psicológica depende, pues, de que acertemos con la medida en nuestras formas de cuidar. No habrá salud mental si nos inmolamos en el altar del sacrificio o si no somos capaces de encontrar la justa medida relacional que nos hará estar ayudando, pero sin olvidarnos de nuestras vidas, que fue la razón por la que los padres nos trajeron al mundo. Para vivir, no para servir.

 

 

[1] Artículo aparecido en el diario 20 minutos el día 1 de marzo de 2026 https://www.20minutos.es/salud/familia/javier-ortega-psicoterapeuta-familiar-con-los-padres-por-supuesto-cabe-ayuda-pero-debe-ser-proporcional-nuestras-posibilidades_6938621_0.html

 

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