El lenguaje de la ayuda

Publicado el 1 de enero de 2026, 18:54

 

        Hay un tipo de personas, entre las encuentran casi todos niños de menos de siete años, la mayoría de las mujeres y un buen número de terapeutas sistémicos, que pertenecen a una especie radical, rotundamente pragmática. Lo mismo da que curioseen sobre el mundo que les rodea, todo él repleto para ellos de novedades; que indaguen sobre las costumbres de sus vecinos, siempre misteriosas y fascinantes; o que, en fin, dediquen su tiempo a comprender y ayudar a los otros a sobrellevar su sufrimiento. Da lo mismo, digo, porque lo que todos ellos comparten, como signo que los distingue o diferencia, es esta tendencia suya a afrontar la vida de un modo radicalmente pragmático. Ni que decir tiene que toda pragmática carga sobre sus espaldas una buena dosis de teoría. Para ser exactos deberíamos hablar, pues, de un pragmatismo fundado, posición que los acerca e n su mayor parte a la tan denostada doctrina del sentido común, como decía mi profesor de metafísica: “el menos común de todos los sentidos”. La terapia hay que vivirla como viven los niños sus juegos: con plena seriedad, pero no sin alegría.

      Un doble diálogo terapéutico debemos mantener vivo en sesión: el interno, del terapeuta consigo mismo, y el externo, con cada miembro del sistema. Es una habilidad que se adquiere por experiencia, un vaivén que consiste en estar dentro (comprendiendo) y fuera del sistema (observando). Para ello hay que tener claro el marco teórico con que trabajas y mantener, al mismo tiempo, la espontaneidad relacional con la familia.

      Yo suelo usar a menudo lo que se llama el lenguaje de ayuda porque con este nos amarramos a las emociones positivas: ¿puedes ayudar a tu madre? ¿Puedes ayudar a tu abuela para que mire más por ella y no tanto a ti? Casi todas las personas quieren ayudar (es un tema universal). Y este lenguaje de ayuda es como un minué, una danza y un juego.

     La terapia tiene mucho de juego, jugado con empatía y humor. El humor permite que desafiemos al sistema. Con buena educación, sin asperezas. En terapia no hay reglas fijas, sino posibilidades de acción, cursos posibles de intervención. Unas veces se hace una cosa y otras veces se hace otra. El terapeuta aprende a discernir en qué situaciones y casos se debe hacer A o B o ninguna de las dos. Frente a la ciega técnica, el terapeuta aprende a discriminar, con la experiencia, lejos de todo automatismo.

     Observar más que interpretar. Entrar en la familia mediante la observación es entrar a través de lo que la gente hace, no de lo que la gente piensa o no piensa. Colocarnos en la posición de observación no sugiere una actitud pasiva y como exenta, ni mucho menos. Es una observación preñada de curiosidad y reconocimiento. Una observación viva. Por ello mismo, comprensiva. Ya digo: un juego, con toda su seriedad.

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