Reflexiones sobre la vida contada (1)

Publicado el 3 de enero de 2026, 12:41

 

    Recuerda J. Marías, remedando a su maestro Ortega y Gasset, que el deber de comunicar la sabiduría sobre la vida concreta de cada uno, que es la ciencia vital por excelencia, es una suerte de obligación de devolver a la vida lo que ésta nos ha dado, deber que nace en el sujeto de su propia naturaleza relacional, pues vivir es sobre todo convivir. La vida es con-vivencia, es un vivir con otros, ya sea en presencia o en su misma ausencia y echar en falta. Pero hay, además, en este movimiento de devolución y retorno un plus que no siempre se da con el propio acto directo y sin mediaciones del vivir, ya que esa devolución contada o relatada implica un ejercicio de aquilatamiento y meditación sobre lo vivido. Escribir sobre la propia vida –o hacerlo incluso sobre la vida del otro- es un ejercicio de meditación y enjuiciamiento, no algo que se realiza de forma atropellada y urgente, como a veces resulta la vida desde sus propias exigencias diarias. Lo que allí, en la biografía, se enjuicia es si la vida ha sido lo que tenía que haber sido, o si ha habido traición y desistimiento hacia la íntima vocación de lo que habríamos de haber sido.

 

    Sin embargo, y aunque suene a paradójico, para poder aquilatar, meditar y comunicar la propia vida hay antes que poseerla. Puesto que ya es cierto que somos, que nuestra realidad más radical es nuestra propia vida, la vida no nos exime de tener que realizar algo con ella; o, mejor dicho, de ser ella misma esa realización de algo. Tenemos que tomar posesión de lo que se posee. Esta toma de posesión de uno mismo es lo que el hombre hace en todas y cada una de nuestras diversas formas de radicalidad existencial (el amor, la amistad, la ciencia, la aventura etc.), que son siempre formas de existir relacionales, es decir, dirigidas hacia los otros o hacia lo otro. Todas las formas radicales de la vida humana son locuaces, dejó dicho Marías (Una vida presente. Memorias 1, Madrid: Alianza Ed.,1988, pág. 10), esto es, realizadas a través del logos. Somos en el decir, existimos diciéndonos. Como cuentan que Sócrates advertía a su interlocutor: Habla, para que te pueda ver. El cuerpo opaco o la mente oscura se abren a la luz del logos en el decir lo que somos, que es invitación a los demás para que se produzca con ellos la iluminación de esa vida en que consistimos. Y así, en sus formas derivadas del decir, como son la escritura de autobiografías o de diarios o de cartas personales, topamos con diversas formas de presentación ante los demás, medios por los cuales el individuo busca siempre claridades, incluso hacerse presente a sí mismo; esto es, medios para tomar posesión de lo vivido dando testimonio de ello y, en cierto modo, reviviéndolo. Decía Ortega:

 

Vida significa la inexorable forzosidad de realizar el proyecto de existencia que cada cual es. Este proyecto en que consiste el yo no es una idea o plan ideado por el hombre y libremente elegido. Es anterior, en el sentido de independiente, a todas las ideas que su inteligencia forme, a todas las decisiones de su voluntad. Más aún, de ordinario no tenemos de él sino un vago conocimiento. Sin embargo, es nuestro auténtico ser, es nuestro destino. Nuestra voluntad es libre para realizar o no ese proyecto vital que últimamente somos, pero no puede corregirlo, cambiarlo, prescindir de él o sustituirlo. Somos indeleblemente ese único personaje programático que necesita realizarse. El mundo en torno o nuestro propio carácter nos facilitan o dificultan más o menos esa realización. (O.C. tomo V, 124-125)

La vida tiene, por ello, un carácter dramático, que es precisamente lo que la biografía viene a destacar, pues en ella se testimonia los logros o fracasos de una vida entera, entendiendo que tales fracasos puede serlo solo de algún aspecto concreto o, por el contrario, de manera más completa o general, como cuando uno libremente rechaza cumplir el proyecto que intuye con vaguedad y vive aherrojado en una vida inauténtica o cuando las circunstancias se imponen con el peso de una fatalidad inexorable. El impedir que ese personaje que somos o estamos llamados a ser dé cumplimiento a su programa, o lo haga sólo en cierta medida, nos coloca ante lo decisivo, que es el drama de la vida de cada uno. Drama porque este desarrollo de la vocación de cada cual será llevado a término sólo en parte, casi siempre, ya sea por la finitud de la propia existencia, ya por lo favorables o no que acaben resultando las circunstancias para su logro. Vidas logradas hay pocas, o acaso ninguna. Al menos, de una forma plena y global. Toda vida es naufragio, según la querida imagen orteguiana, ineludible naufragio; en toda vida quedan trayectorias que no se cubrieron, otras que, apenas esbozadas, fueron abandonadas y algunas, finalmente, que pudieron transitarse hasta allá donde las capacidades de cada cual encontraron el modo de hacerlo. En cualquier vida hay atisbos de esa grandeza prometeica, siquiera porque una vez todos fuimos niños y la niñez alberga en su seno una promesa aún incumplida como de apuesta y de gratuidad existencial.

   El ser del niño es esa promesa de existencia, ese primer atisbo de inmortalidad que los hijos nos dibujan como espejismo o esperanza. Ya en su madurez el hombre habrá de bregar con la circunstancia para ser, para dar cumplimiento al ser que prometía o potencialmente dibujaba. Esa lucha es la vida de cada cual, que no puede ser plenamente comprendida desde la razón pura, pues no es una vida en abstracto, y que precisa para la clarificación de su misterio de una razón narrativa e histórica.

   La biografía aparecerá, pues, como un trasunto de esta vida histórica narrada, que sólo puede ser plenamente aprehendida si se hace desde dentro, lo que significa que el biógrafo habrá de esforzarse por aclarar el grado en que se dio cumplimiento a la vocación, el grado en que también el biografiado se desvió de ella, la conoció y se le reveló o la ignoró.

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