La vida, entendida como proyecto que busca su cumplimiento, es para cada uno de nosotros algo vago y no siempre comprensible, misterioso también. De ahí la necesidad de ese retorno narrativo a la vida, que es la biografía y, aún más, la autobiografía. O, de una forma menos elaborada, el esfuerzo que hacemos en el diálogo por clarificarnos a los otros y así también hacerlo para nosotros mismos. La biografía es un decir que se fija y en la autobiografía, añadimos nosotros, esta fijación es elegida por el propio sujeto que ha vivido su vida. Esto la hace tan difícil y desalentadora, pues no es posible el recuerdo pleno de la vida, ni todo lo vivido es importante para entendernos a nosotros mismos. Tan sólo debería importarnos aquello que nos habría hecho diferentes si no hubiera pasado, los hechos esenciales y los encuentros importantes de la vida.
La vida de cada uno es inagotable, pues contiene en su seno una diversidad de dimensiones Las interpretaciones son lo que hace inagotable a la vida humana, que es, por otro lado, y en un aspecto esencial, también finita: tenemos siempre los minutos contados. Estas dimensiones se superponen en una suerte de tectónica de la vida humana, sedimentándose las unas sobre las otras, desde lo social a lo íntimo.
La vida es la realidad radical que estructura todas las otras realidades, en tanto estas se refieren y radican en aquella. La comprensión, el esfuerzo intelectual por dar razón de lo que hay, se asienta en la vida como un fenómeno más de ella y no, como pretendieron tanto el racionalismo como el idealismo, como un elemento sustitutorio de la vida, un calco, una copia o la realidad en sí misma, tal como la conceptualizó Platón al hablar de las ideas en sí. Todas las filosofías racionalistas –como ya denunciaron en sus obras Nietzsche, Bergson o Dilthey- han fracasado porque han intentado sustituir el flujo constante de la vida y el caos donde nos encontramos sumergidos por esquemas que otorgaran cierta seguridad y estabilidad a esa nuda realidad que es la vida. Y han pretendido, además, que cada uno de esos esquemas o filosofías eran la verdadera descripción de tal realidad, con exclusión de todos los demás. «Trincheras para defenderse de su vida» (O.C. tomo IV, 476), llamó Ortega a esas verdades, imposiciones con las que hemos tratado de alejar nuestros temores frente a la realidad radical, que es fluencia inacabable. De nuevo surge la idea de que somos náufragos y que mirar a la vida de frente supone aceptar que estar perdido es la única verdad a partir de la cual empezar a ordenar el caos en que la vida consiste.
Añadir comentario
Comentarios