Reflexiones sobre la vida contada (3)

Publicado el 7 de enero de 2026, 19:43

   La condición mortal, finita, de nuestra vida, no nos coloca ante la inanidad de todas nuestras acciones. Frente a o que sostienen los nihilistas, la muerte no cercena el sentido de nuestra propia vida. Cierto que podríamos fingirnos nihilistas, es decir, en ese espacio en que la muerte propia ya hubiera ocurrido y nos preguntásemos (si ello fuera posible) para qué todo este esfuerzo en que consiste vivir. Pero no podemos colocarnos de veras en semejante punto de fuga, en ese para qué algo o todo si, al cabo, hemos de morir. Podemos hacerlo, pero desde un cierto falseamiento de nuestra verdadera actividad. Podemos fingir que viviremos la no vida, al modo como vivimos el resto de las cosas que nos ocurren: porque estamos vivos. Pero ello no será posible más que como teatralización, fingimiento.

   La vida es lo que nos sucede entre el nacimiento y la muerte, en ese encaje sucesivo de generaciones en el cual compartimos con nuestros coetáneos un lapso de tiempo indefinido, pero finito.  Vivir nos inserta en la historia, que va a ser el resultado de lo que hacemos y de lo que nos encontramos.

   El tiempo vital es ese lapso en que salimos a escena y desarrollamos nuestro papel, interpretándolo en función de ese horizonte de posibilidad que se nos abre por la acción. No cabe seriamente el nihilismo aquí, pero tampoco cabe que justifiquemos nuestra vida, la razón de ser de nuestra vida, desde un destino extranatural o divino, que solo Dios conoce.  No es la otra vida la que da sentido a ésta. Tampoco podemos ubicarnos en esa experiencia, a menos que la finjamos, como si nos situásemos en una imposible posición meta. Cuando, por ejemplo, Sócrates hablaba de la posibilidad de la existencia de otro mundo, donde al fin podría conversar con Homero y los grandes hombres de su pasado, que es nuestro archi-pasado, estaba tratando de salvar –es decir, justificar- el sentido de las acciones virtuosas mediante la consecución de un premio por el tipo de vida vivido. Un premio que era, qué duda cabe, una vida mejor; o sea, otra vida. La otra vida, pues, como incitación para ésta; pues es en esta donde realmente todo se resuelve.

   Fueron luego los estoicos y los epicúreos quienes nos advirtieron que la única recompensa de una vida virtuosa es simplemente la que se obtiene de forma intramundana al alcanzar la virtud en sí misma. Esto es, se trata de ser mejores personas en esta vida que vivimos. No hay más premio que la forzosidad de llegar a ser quienes hemos de ser, ni más cielo que el logro o fracaso en esta tarea. La vida es dramática porque sucede una vez, de forma irreversible.

 

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios