La autobiografía, la vida narrada...hasta cierto punto (1)

Publicado el 10 de enero de 2026, 10:03

 

    La autobiografía suele ligarse a lo que, en general, recibe el nombre de literatura intimista, haciendo referencia con ello a un tipo de escrito donde predomina lo emocional, textos que nos hablan de las emociones y los sentimientos de su autor, de sus vivencias, así como de ciertas intimidades de su vida, de su ambiente familiar y sus relaciones sociales. De hecho, podríamos decir que la autobiografía es el género más próximo a la literatura de rasgos existencialistas, a la literatura del yo concreto e individualísimo.

     Si la vida humana tiene una estructura narrativa, qué duda cabe de que la autobiografía aparece como la narración por excelencia. Si el hombre es un misterio para el hombre, sólo este género puede dar testimonio cabal, verosímil, de la vida de cada cual, sin mediadores ni intérpretes, de forma directa o sólo mediada por la propia escritura, por el estilo. Sólo en la autobiografía puede el hombre aparecer como hermeneuta de sí mismo. Otra cosa es si ello tiene algún valor: como testimonio y posiblemente también como arquetipo. La famosa frase de Terencio “nada humano me es ajeno” quiere decir, entre otras cosas, que los seres humanos nos parecemos todos un poco en algo, y esta es la raíz de nuestra universal empatía.

    La autobiografía, como ha señalado uno de sus más exhaustivos investigadores,[1] es un relato que pone el acento en la propia vida del sujeto narrada retrospectivamente por él mismo. Por tanto, posee dos características innegables: la primera, la coincidencia del narrador con el personaje principal y, en segundo lugar, el llamado principio del pacto autobiográfico, que consiste en comprometerse a decir la verdad sobre sí mismo hasta donde se alcancen mis capacidades. Este principio del pacto, sin embargo, tiene unos límites enormemente flexibles, como vemos en Las confesiones de J.J. Rousseau; entre otras razones, porque el sujeto protagonista narra lo que recuerda de su propia vida en un tiempo pretérito, a menudo muy lejano y embellecido por el espigado desorden de la memoria. Hay un trabajo no consciente sobre los propios recuerdos. Hoy sabemos, por la psicología, de la escasa fiabilidad de los testigos que narran hechos imprevistos y la facilidad con que podrían llegar a cometer un perjurio involuntario si se les hiciera jurar que las cosas sucedieron tal como dicen recordarlas. Hay, también, un sesgo producido por nuestro deseo de dar una buena imagen de nuestro yo a los otros, o de racionalizar lo que sucedió o, incluso, de llevar al pasado ideas y experiencias que han sido meditadas en el presente, como si hubieran sido producto de aquel tiempo anterior, vislumbres casi proféticos, o un afán de mejorar nuestra imagen ante en el espejo de la Historia, o de justificarnos, o…. No importa tanto, pues, la verdad de la vida que nos cuenta quien la rememora, cuanto el creer que la dice, el creer el autor que nos está contando la verdad a los demás.

    La autobiografía, como la misma biografía, tiene unos límites infranqueables, como ha señalado con rigor Castilla del Pino (Pretérito imperfecto,1996): «la conjetura y la ausencia de verificación». Se trata de un relato que abre en canal la intimidad de quien lo escribe, o que al menos propone tal cosa como esencial a su materia. Nadie leería la confesión de nadie si éste, ya en las primeras líneas, nos señalara que se ha inventado lo que nos narra en ella. Estaríamos entonces en el territorio de la narratividad creativa, no de la autobiografía. La autobiografía guarda cercana relación con la confesión, podríamos decir que es un subtipo de ésta. El autor se expone a la luz pública con una exigencia (cuál, ya lo veremos en otra ocasión), pero no hay forma alguna de verificar que eso que dice que sintió, vivió, padeció o le emocionó fue tal como dice haberlo vivido. El lector tiene que hacer un gesto inicial de buena fe, y otorgar un plus de credibilidad a lo escrito para hacer como si el relato narrado estuviera bajo la férrea exigencia de verificación que domina en las ciencias.

La autobiografía tiene demasiada literatura como para acercarse en su rigor, si quiera de lejos, a las ciencias de la naturaleza. La vida propia que describe el autor de su propia peripecia vital no es la vida tal como nos la desvela el biólogo. Tiene otra consistencia, otra realidad. Y, aunque queda a la vista, queda también y para siempre velada. Hay un velo y una revelación en la autobiografía, pero ni el uno ni la otra son puestos ante la mirada del lector de forma explícita por quien la escribe. Más allá de su aclaración de intenciones (que siempre la hay en las autobiografías, a modo de prólogo o introito), el velo permanece, manifestando así también que la vida de nuestro prójimo, casi como la nuestra, es con frecuencia un misterio.

 

[1] Lejeune, P. (1994) El pacto autobiográfico y otros estudios. Madrid: Megazul-Endimion.

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