La filosofía se ha ocupado en abundancia de nuestra condición temporal, quizá porque somos animales sorprendidos por el reconocimiento de nuestra propia finitud. Frente al resto de los animales, que mueren desposeídos de esa autoconciencia permanente, nosotros lo que mejor sabemos es que habremos de morir y que esa será la posibilidad que clausure y circunscriba definitivamente nuestra existencia.
El animal ve la muerte a su alrededor, y percibe el peligro que le acecha y le lleva a gatillar sus instintos de supervivencia. Su lucha es por la vida, pero sin ese sentido de propiedad sobre su vida que los humanos, en cambio, sí tenemos; hay en las bestias un conatus ciego, una perseverancia turbia por existir, reproducirse y seguir vivas, que llevan grabado en su código genético. Las estrategias de supervivencia de los animales nos enseñan que, por encima del individuo, la naturaleza premia al conjunto de la especie, que es la que sobrevive con la adaptación del individuo. La vida biológica es esa excepcionalidad, en el cosmos inorgánico, que persevera en ser. En los animales apunta, aunque de forma oscura, lo que la conciencia del humano percibe con extraordinaria nitidez, fruto de un neocórtex más desarrollado. Hay en nosotros una lucha contra la finitud a partir de ese reconocimiento, un esfuerzo por dejar huella de nuestro paso por la existencia; por forjarnos una vida bella, una solución elegante a esa finitud que reconocemos. Vivimos como humanos cuando descubrimos la fatalidad que nos limita y nos sobreponemos a ella, traba y destino ineludible de todos nosotros. Si la muerte no nos paraliza o no nos fuerza a buscar soluciones que la nieguen con un más allá u otras formas diferentes de escapar de su sombra, podemos dar a nuestra existencia individual un genuino sentido de plenitud.
Estar entre un antes y un después nos ofrece la posibilidad cierta de aceptar que entre esos dos puntos extremos del nacimiento y la muerte se encuentra una vida suficientemente completa, que es la vida que tenemos.
Cada uno es quien es porque antes hubo otros y, a lo largo de los diversos momentos de nuestra vida, nos hallamos inmersos en un sistema relacional con esos otros con los que nos encontramos en el vivir. En ellos se sustenta también una parte de lo que somos y de lo que podemos ser. Nuestra naturaleza relacional nos lleva a sostener que casi siempre heredamos más que inventamos, y nunca ningún individuo fue el comienzo absoluto de la especie, salvo Adán.
De estos dos polos temporales entre los que nos movemos, el antes y el después, el pretérito y el porvenir, es el pasado el que nos aparece como irreversible. De ahí que sea un límite inmodificable, pero también un haber o riqueza, pues es lo que va constituyendo la vida de cada cual en sus contenidos concretos. Nuestra vida es estar en colaboración con el pasado y también un reobrar ininterrumpido del pasado en el presente. Cada actividad humana concreta refleja este fenómeno de actualización y colaboración con lo ya sido. En cada momento se abre ante nosotros el abanico de posibilidades que podemos escoger, limitadas, eso sí, por lo que ya se ha sido, por las elecciones tomadas, por el tipo ideal de hombre que en una época se ha sostenido y realizado, por las creencias que permiten vislumbrar unas cosas y nos hacen ciegos para otras. No se puede ser en cada instante de la vida cualquier cosa. Vivir es, más que nada, definirse, llegar a ser. Solo el muy neurótico sufre por no poderlo ser todo ni todo a la vez.
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