Reflexiones sobre la vida contada (5)

Publicado el 14 de enero de 2026, 16:38

    Todos sabemos que hemos de morir, que la vida está limitada adelante y atrás por un fue y un será. El primero, el pasado, presenta la faz de lo irreversible, lo hecho, lo vivido; el futuro, la de la posibilidad, en virtud de la cual se hace la vida del presente. El primer elemento del que hablamos es, pues, que el tiempo nos muestra nuestra existencia en forma de fases; no etapas arbitrarias de longitud variable, establecidas por la biología o la cultura, sino de momentos en los que estamos instalados y desde los cuales, por así decir, contemplamos la trayectoria vital, tanto la llevada como la aún por llevar, desde una cierta situación o lugar, no espacial, sino vital. Ese lugar desde el que nos contemplamos es la altura de la vida.

    En cada uno de los momentos nos sentimos en cierta relación con nuestra vida, como promesa en la juventud, por ejemplo, como quien tiene la vida toda por delante; o como el que se halla en el medio del itinerario, en la plenitud, que siempre es parcial en tanto que aún nos queda algo por realizar; o como ese otro que se encuentra en el penúltimo recodo de su camino, ya en su declive, resumiendo y valorando, pero haciendo aún. La altura de la vida es una sensación básica que configura, en cada momento preciso, la vida tal como la sentimos.

  Esa vida que hemos recorrido y esa meta a la que apuntamos son, en ambos casos, propias de mi vida; propias en el sentido de propiedad. Mi vivir no es un pasar deslizándome sobre el tiempo, flotando en la incertidumbre; es una trayectoria: por eso es biografía. Trayectoria que dice qué he vivido y desde dónde. No como argumentación racional, que no es posible puesto que mi vida no se desprende de ninguna clase de lógica que la anticipara, sino como narración o relato que la cuenta.

    La vida de cada cual es narrativa, se puede contar; y se puede contar de muchas maneras, porque el relato de la vida es además interpretación. Pero es siempre vida de alguien, mi propia vida. Yo la poseo en su totalidad – aunque solo la rememoro parcialmente- hasta el presente en forma de relato. En él doy cuenta de las elecciones que tomé, de los hechos realizados, de mi manera de encararme con las cosas que me rodeaban o de los propósitos que espero algún día alcanzar, metas u objetivos. La vida propia, que es en apariencia incomunicable, se hace participada a través de la narración. Pero no sólo participada. La narración ofrece también la unidad sistemática de la vida, que a veces escapa al conocimiento consciente del propio individuo, o sólo reconoce al ponerse a contar su vida. No solo los hechos de su vida, sino la coherencia entre lo proyectado y su logro.

     Pero, además, mi vida, en lo que a su temporalidad se refiere, la poseo de otra manera: como edad, como cuando decimos “ya tengo una edad”, frase con la que damos a entender estar en posesión de un cierto nivel de experiencia de la vida que nos permite decir o hacer cosas que antes no nos permitíamos ni hacer ni decir. El tiempo no sólo hace cenizas las cosas, las disuelve, las nadifica, como vemos, sino que también les da cierto empaque, porque hay algo que queda en el transcurrir temporal: una experiencia adquirida, unos resultados obtenidos, un esfuerzo logrado. La edad es una vivencia que no tiene solo que ver con la cronología, sino con cierta aportación de la temporalidad a nuestra vida. De hecho, es el anciano, el senex, quien puede con propiedad hablar de experiencia de la vida; aunque ahora la vida se haya dilatado tanto temporalmente, que hay otras mesetas cronológicas desde donde otear las trayectorias y estar en posesión de cierto grado de experiencia vital.

   El tercer elemento que aparece aherrojado a la temporalidad ya lo he comentado antes: es la conciencia de ser para la muerte, el sabernos mortales, el reconocer que la vida tiene un plazo y un final. Ya he dicho que uno puede posicionarse ante la muerte como el acabamiento que anula y nihiliza la existencia humana y convierte en polvo todos los esfuerzos realizados. Posición teórica y abstracta más que real, que no suscribo. Bien al contrario, lo que importa es que la vida tiene un antes y un después, un comienzo que nos contaron y un final que sabemos a ciencia cierta que ha de ocurrir y nadie podrá contarnos. Pero la vida es lo que sucede entre esos extremos, lo que hacemos en medio de.

 

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