Reflexiones sobre la vida contada (6)

Publicado el 17 de enero de 2026, 16:52

 

    No hemos tenido experiencia de nuestro nacimiento, que es el comienzo y, a la vez, algo que otros me han contado, pues carezco de recuerdo de tal experiencia y no hay nada en mi memoria consciente que albergue una huella levísima de tal evento. No olvidemos que el hombre es el animal que posee memoria y que, por tanto, vive siempre acompañado por lo que se ha sido, por el pasado y su rememoración. Pero del nacimiento no hay sino mito o cuentecillo, sin experiencia vital alguna que lo acompañe. Tampoco la hay de la muerte: certeza cuyo momento de ocurrencia no puedo siquiera imaginar. Sé que moriré, pero nada más sobre mi propia muerte sé, ni cómo ni cuándo ocurrirá. Solo tenemos experiencia de la muerte ajena, de lo solos que nos quedamos cuando otros mueren, de su ausencia sentida, por la soledad que nos embarga. Pero de nuestra propia muerte, de ella, no tendremos jamás experiencia, como ya dijo en su tiempo el sabio Epicuro para ahuyentar temores.

    La muerte nos cosifica. Pero nos cosifica como cadáveres y, sobre todo, nos cosifica ante la mirada de los otros, los que aún viven, incapaces ya de percibir en los muertos el eco del proyecto sin terminar que fueron en algún momento. La trayectoria de una vida queda cumplida y finalizada en el acto de morir. Queda obturado también algo esencial en nuestra vida, que es el diálogo con los demás. Cada uno de nosotros se queda solo cuando alguien que habitaba a nuestro lado y que era destinatario de nuestras preocupaciones se muere. Se nos muere: los muertos nos dejan solos. Pero seguimos hablando con ellos, como fantasmas o presencias, mientras habiten en la memoria sus vestigios.

     Por si hiciera falta señalarlo, la muerte pone en evidencia la inseguridad radical de todos los proyectos humanos, que pueden quedar obliterados de forma inesperada. Al estar volcado hacia el futuro, el hombre descansa con un pie en la irrealidad, que es algo que sólo existe en potencia, como sueño, proyecto o fantasía, algo que aún no es. La tensión por hacer real esa irrealidad es la vida humana, que ya está presente desde un buen principio cuando el hombre imagina su proyecto de vida. Al sabernos mortales reconocemos que el futuro no es infinito ni eterno; para nosotros, no. En nuestro cotidiano vivir existimos desde el supuesto de que mañana estaremos aquí, al tiempo que sabemos que en algún momento ese supuesto no se cumplirá.

    La biografía queda cerrada y ahí vemos si la vida vivida contiene ese poso de autenticidad en su fondo o ha sido mera suplantación, calco o copia en ese caso, de forma definitiva. La muerte nos hace pasado y, por ende, irreversibles. Es el cierre y la clausura de la biografía del hombre. O como dejó dicho Ortega: “de un fuego, la ceniza”.

 

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