La autobiografía, la vida narrada...hasta cierto punto (2)

Publicado el 21 de enero de 2026, 0:20

   Hemos señalado la proximidad con la confesión, quizás la forma más autobiográfica de todas las que ha engendrado este subgénero. Pero la confesión, igual que la autobiografía, es algo que se dice a alguien. Y es en este ante quién el primer indicador de un cambio de época en el género que, aunque tenga –ya dijimos-el mismo nombre, es cosa diferente en cada momento histórico en que se manifiesta. Cabe hacerse, pues, algunas preguntas que nos orientaran acerca de si los autores que se autobiografían están, en puridad, haciendo una acción parecida a la de confesarse, cualquiera que sea la época histórica en que redactan sus textos, o algo diferente. Sigamos la pista de las preguntas.

   ¿Para qué se escribe una autobiografía o se redacta una confesión y ante quién?  Es decir, con qué finalidad o propósito y de quién se busca ese qué. Cabe dar aquí a ello, al menos, tres respuestas distintas: que se confiesa ante los otros, o ante Dios o, finalmente, y por encima de todo, si ello fuera posible, ante uno mismo. Al responder así, daremos también respuesta de lo que se espera con tales escritos, ya sea de Dios, de los demás o de nuestra rememoración particular de la existencia. Toda confesión busca un alivio. Hay que señalar, también, para no caer en el engaño, que en los tres casos, en las tres respuestas citadas, es el prójimo el verdadero interlocutor de nuestras palabras, el oyente verdadero de nuestra autobiografía. El otro, testigo siempre presente en la preparación, incluso, del propio texto autobiográfico

   Supongamos, para empezar a responder, que el autor se confiese ante los demás. Su propósito sería el de darse a entender[1] o justificar sus actos o poner en claro sus acciones e intenciones para los otros. Reconciliarse a través de la mirada compasiva de los demás con aquel que uno fue en el pasado. Un ejemplo lo podemos extractar del prólogo de Delirio y destino (los veinte años de una española) de María Zambrano. Allí, la autora nos dice, a modo de justificación de su obra:

"¿A qué razón obedece el que en este momento lo saque a la luz cuando tantas ocasiones y tan largo tiempo he tenido para hacerlo?, me pregunto. ¿Acaso me mueve el afán de poner en claro mi vida o, quizá, se esconde en él algún secreto que yo quería celar? No, no hay nada que yo haya deseado ocultar. Su publicación aparece impensablemente por sí misma. Tal vez sea necesario para personas que yo no conozco, de otras generaciones ya, para que se miren en una perspectiva histórica, para que lleven el latido de la vida en el que estoy todavía, en el anhelo de revivir el texto y no dejarlo abandonado a conjeturas y posibles investigadores históricos. Estoy aquí y ahora todavía para responder de lo por mí escrito."(Delirio y Destino 1989, 11)

  

   Dar testimonio, justificarse, revivir una cierta época para que las generaciones que no la vivieron lo hagan de manera vicaria, dando a entender que eso es algo que ya se presupone de su interés, del interés de aquellos a los que nadie aún conoce... Pero es en la última frase del texto donde radica, a mi juicio, el núcleo del asunto: estando todavía vivo uno puede hablar de su obra, corregir las malas interpretaciones, matizar lo dicho y mantener cierta esperanza. El decir nunca es definitivo. Como ha señalado Ortega, «todo decir es deficiente –dice menos de lo que quiere. Todo decir es exuberante –da a entender más de lo que se propone» (O.C. Tomo IX, 729). No tenemos jamás la última palabra ni somos dueños y depositarios de toda la interpretación de un texto, aunque seamos sus autores. Se trata de un esfuerzo acaso vano, para corregir o dar razón del texto, no tanto de la vida biográfica –que también- cuanto de la obra, de sus orígenes germinales y de su ulterior desarrollo; y de lo que luego lleguen a hacer con ella los demás, al margen de las intenciones o propósitos de su autor.

 

 

[1] Como ejemplo señero de esta forma de actuar valgan las primeras líneas de Las Confesiones de Rousseau, donde su autor explícitamente escribe: “Emprendo una tarea de la que nunca hubo ejemplo y cuya ejecución no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza; y ese hombre seré yo.” (pág. 29).

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios