Suposición 2: Nuestra conducta está guiada por convicciones y creencias racionales y compatibles, sobre las que se puede dialogar porque las conocemos con claridad.
Justo ocurre lo contrario: nuestras creencias básicas no siempre se sustentan sobre bases racionales. Con frecuencia, son el resultado de aprendizajes infantiles en los que otros pusieron en juego lealtades y mandatos que acabamos por hacer nuestros de forma acrítica. Esto incluiría elementos que pueden incluso perjudicarnos como individuos, que nos generan sufrimiento y culpa o nos desquician. Por ejemplo, cuando creemos que nacimos para ser las muletas de nuestros padres en su vejez, pagando así con ellos la deuda de nuestra existencia. Es una creencia arraigada, que carga de culpa y malestar a tantos hijos e hijas… Y más si el mandato social actúa sobre unos u otros por el hecho de ser varones o mujeres. ¡Cuántas depresivas se encuentran prisioneras de cumplir con ciertas obligaciones que no surgen de ellas mismas, sino de mandatos y exigencias familiares, cuya irracionalidad no alcanzan siquiera a sospechar, tan natural les parece su cumplimiento que no son capaces de no actuar!
Supuesto 3: Siempre somos conscientes del efecto que nuestra conducta causa sobre los otros.
El ser humano tiene una tendencia natural, basada en sus propias estructuras biológicas a captar tanto las necesidades de los demás como sus intenciones y estados de ánimo. Las neuronas espejo, dicen los neurólogos, nos ayudan a ponernos en la piel de los otros, a sentir el reflejo de sus estados de ánimo y de sus emociones básicas, el sufrimiento, la tristeza, la alegría. Los bebés aprenden a otear en los rostros de los otros esos estados anímicos, aunque necesiten del lenguaje para entenderlos y dotarlos de un cierto orden y estabilidad. Lloran cuando nos ven llorar y se alegran cuando nos reímos, sin saber a ciencia cierta si están tristes o alegres. Es un mimetismo que ayuda a reforzar el vínculo del que dependen para su propia supervivencia. La naturaleza es astuta y hacemos uso de cierto contagio emocional desde nuestras primeras semanas de vida, para dar alguna garantía a nuestra supervivencia y como forma básica de nuestro aprendizaje imitativo. Nos construimos de fuera adentro, no al revés. Y hasta que adquirimos esa poderosa herramienta que es el lenguaje, todo descansa en nuestras capacidades imitativas, de observación y repetición.
Pero de la misma forma que el reflejo palmar lo vamos perdiendo cuando ya no nos resulta útil ni necesario, algunas de estas capacidades empáticas para reconocer por la conducta las intenciones de los demás o sus propios estados de ánimo se van desdibujando y, en numerosas ocasiones, las hemos de reaprender de nuevo.
De niños y adultos hemos de hacer un esfuerzo de interpretación del otro, que de bebés confiábamos a nuestras propias preferencias. Los adultos debemos tratar con personas con quienes por gusto no trataríamos, y nuestra compleja vida social descansa a menudo en el noble arte de la simulación y el teatro. Hipócritas sociales como somos, no olvidamos que hipócrita (hypokritēs) quiere decir en griego “actor” o “el que responde”, y que es posiblemente la puesta en escena y la metáfora del teatro la que mejor define el desenvolvimiento de nuestra vida social.
Puesto que llevamos la máscara que en cada ocasión se requiere en nuestra activa vida social, hemos de confiar en nuestra capacidad para predecir, intuir o adivinar las intenciones del otro que tengo ante mí. Y no siempre lo logramos, aunque nos suponemos en ello más ducho de lo que los resultados de las interacciones manifiestan. Leemos el libro de la vida desde nuestro particular manual de prudencia, y desde los aprendizajes que tuvimos en nuestras propias familias de origen, cuyas claves llegamos a dominar con los años, aunque luego equívocamente las hiciéramos extensibles a los libros de vida de los demás, como si nuestro manual fuera generalizable.
A veces como terapeuta he podido hacer un par de intervenciones brillantes en medio de una sesión, de las cuales podría ufanarme sin vergüenza. Y he observado que la familia, tras aquella sesión memorable, había mejorado, lo que, sin duda, pensaba yo, se debía a aquellos dos momentos inteligentes que había preparado con cuidado para la devolución. Y cuando se me ocurrió preguntarles a mis interlocutores qué fue lo que les había ayudado (maldito el día que se me ocurrió hacer tal pregunta), ello muy tranquilos me habían comentado que les había sido de mucha utilidad justamente aquella frase que yo había metido como una morcilla teatral en medio de mis dos lúcidas intervenciones. La frase anodina había sido la palanca que había movido al sistema, no las otras tan cuidadas y meditadas de las que tan ufano me había sentido.
Añadir comentario
Comentarios