Supuesto 3: Manipular es nefasto y, por ende, es deseable y posible tener alguna conducta que no lo sea.
Hay palabras que, con su uso continuado, acaban por adquirir tintes socialmente indeseables y una carga semántica que, alejándose de la acción que el verbo define, añade un plus de condena social, de algo que la mayoría consideramos negativo y censurable, digno de repulsa y condena. Uno de esos términos es el de “manipulación”. La publicidad o los mensajes políticos, por ejemplo, van teñidos por este deseo inconfeso de manipulación; esto es, por la pretensión más o menos clara de influir sobre nuestra conducta o ideas y dirigirlas hacia un fin predeterminado por aquel que manipula, ya sea para vender más productos, ya para alentar una determinada prioridad política y partidista o cualquier otra cosa en la que estén en juego los intereses del manipulador. Cada uno, decimos en español, cuenta el cuento según le va. Lo que significa que no hay neutralidad en lo que contamos. O que hay un sesgo dirigido por el propio interés, aunque éste sólo sea el de la pretensión de ser tenidos por verídicos. Manipular es, pues, un verbo que denota una acción censurable. Una acción moralmente sospechosa.
Influir es, en cambio, un verbo sin tanta connotación ni censura; un verbo blanco, aunque la acción que define y delimita sea muy parecida a la que define el verbo manipular. Parece que, al menos, en lo que aquel verbo respecta, nos alejamos de la intención oculta y torticera, de ese fin moldeador de la conducta del otro. Aceptamos influir, no manipular.
A efectos teóricos, esto está muy bien; pero me temo que en la práctica esta diferencia sirva de bien poco. Si acaso, para seguir creyendo que lo que hacemos al influir en otros tiene un talante moral más llevadero y liviano que el que tendrían nuestras acciones sin con ellas tratásemos de manipularlos. Las razones por las que trato de influir en el otro son confesables, no así los arteros objetivos de mi manipulación.
En las relaciones cara a cara es difícil, por no decir imposible, no influir sobre el otro. El mero hecho de mirarnos, la rápida ojeada a nuestra forma de vestir, movernos, comportarnos, el juicio que sin duda se emite con estos pocos datos a nuestro alcance, son el efecto de esta influencia inevitable. De hecho, nunca dejamos de influirnos, seamos o no conscientes de ello. Esa influencia es una suerte de manipulación, puesto que podemos generarla o ser muy conscientes de que se produce entre nosotros.
La forma de sentarnos, el dominio del espacio, la apostura, el tono de voz, la velocidad de nuestras palabras…todo se conjura para que sea imposible no manipular; es decir, no influir sobre los demás. Por suerte, la manipulación va en las dos direcciones. Tú influyes sobre mí en parecida medida a como yo influyo sobre ti.
Los jóvenes, que a veces son ciegos en relación a estos procesos de mutua influencia, suelen destacar que se visten de cierta manera porque esa es “la ropa que les gusta”. En su afán de ser ellos mismos, únicos, intransferibles, señalan esto como una particularidad palpable y evidente de su original manera de estar en el mundo. “Visto como quiero”, te dicen, encastillados en su rebeldía. No se percatan, en cambio, de que visten justamente como les gustaría ser vistos y mirados por los demás. La imagen que quieren dar no es solo ni, sobre todo, para ellos, sino para el mundo ante el que se presentan. “Me importa poco lo que pienses de mí”, dicen, mientras todos sus gestos delatan la importancia que le dan a ser mirados y juzgados de cierta manera. La forma como se presentan ante el mundo es aquello a lo que dicen no dar importancia y hacerlo solo para sí. Esta omisión adánica se permite a los jóvenes, por serlo, pero se vive como ostentación de ignorancia en quienes deberían darse cuenta de la verdadera magnitud de los juegos sociales.
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