A menudo detrás de nuestras acciones, y como sosteniéndolas, existe un conjunto de suposiciones más o menos estructuradas, admitidas como ciertas -o cuanto menos verosímiles- por habérnoslas repetido a menudo, o como resultado de ciertos aprendizajes sociales que nunca necesitamos poner en cuestión. Muchos de tales supuestos giran en torno al mundo relacional en que nos movemos. Algunos dependen de cierta concepción generalista del ser humano (mis ideas filosóficas) y otros se sostienen sobre lo que suponemos que son obviedades que no merecen un segundo análisis (mis prejuicios). Las sostenemos como los prejuicios, sin que nos pidan razón de ser, aunque condicionen en buena medida el trato que dispensaremos a los demás o que esperamos nos dispensen. Es lo que Ortega llamó un uso: algo que se dice o se piensa justamente porque se dice. Estos supuestos, estos usos sociales, se nos imponen, sin que tengamos razón alguna, en principio, siquiera para cuestionarlos, muchos menos para meditarlos. Porque, de hacerlo, veríamos cuánto hay de irracional en tales afirmaciones, cuánto de buenas intenciones, cuánto de generalización y también de ahorro cognitivo. Los usos sociales, nuestros prejuicios (que son nuestros en la medida no de que han sido elaborados por nosotros, sino que están construidos en el mundo social en que nos tocó vivir y desempeñarnos), están presentes subrepticiamente en cualquier actividad que realicemos, sobre todo cuando la hacemos de forma casi automática.
Quiero exponer aquí algunas de estas suposiciones con las que me he topado al hacer terapia, ya en mí, ya fuera de mí, en mis interlocutores, que son también la fuente de la que manan algunas de mis más queridas ocurrencias, pues el Otro se descubre incluso cuando encubre y en ese descubrimiento, sin quererlo tal vez, ilumina algunos aspectos que no habríamos visto ni sacado a la luz con la ayuda de nuestras solas fuerzas o capacidades.
Empezaré por enunciar el primero de estos supuestos, aunque el orden en que los enuncie sea aleatorio y a buen seguro no reflejen ni una jerarquía de importancia ni de uso.
Suposición 1: Los adultos somos personas maduras, capaces de tratar con los demás en un plano parecido de madurez.
Una buena parte de nuestro comportamiento social se construye por imitación. La imitación es, para mí, una -si no la más importante- de las fuentes básicas de nuestro aprendizaje social. Hacemos lo que vemos hacer, como demuestra el balbuceo del bebé cuando empieza a comunicarse con los adultos.
Los niños, por ejemplo, aprenden de lo que ven hacer a sus padres mucho más que de lo que estos les dicen. El decir de los maestros es menos efectivo que su forma de trato con los alumnos. Estas acciones son performativas y algunos decires también lo son (te prometo, te declaro, me confieso…), pero no todo decir lo es.
Tratar con personas inteligentes –es un acto performativo- nos lleva a actuar de un modo más inteligente que si nuestra vida discurre sumergida en las tonterías de los tontos. La madurez no es una cosa, ni un atributo de la persona, sino una cualidad relacional regulada por las emociones que derivan del trato con los demás. El proceso madurativo depende de numerosos factores y estos, a su vez, se constituyen y toman cuerpo a través del sistema relacional en que nos movemos: la circunstancia que nos tocó vivir, los avatares que ocurrieron en nuestra vida, el éxito o fracaso de nuestros proyectos y la forma como afrontamos todo ello… No hay una sola madurez, si por ella nos referimos al mero transcurrir de los años. En algunas ocasiones, ni siquiera eso hace que el fruto entre en sazón, sino que se pudra en el árbol o en el suelo donde fue a caer accidentalmente.
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