El infierno empedrado

Publicado el 21 de mayo de 2026, 12:01

  Encomendamos a nuestros hijos a la escuela para que aprendan, aunque a veces parece que lo queramos allí recogidos y poco más. Algunos funcionarios y burócratas de la escuela –antaño maestros y profesores-  parece que se interesen más por que se cumplan las estadísticas de aprobados y suspensos cuyo cómputo total viene predefinido desde los servicios educativos por los técnicos de la cuestión, los técnicos de despacho, los que manejan los números. Desean, noble deseo, que de suspensos haya los menos posibles, no sea que mandemos aterrizar en la escuela inopinadamente la inspección educativa para averiguar qué están haciendo tan mal quienes tienen el encargo de mantener el sistema para que esos chicos y chicas que no estudian sigan empeñados en no aprobar las materias que allí se imparten y pasen de curso, ampliando el abismo de su ignorancia. Y si, a pesar de todo, los resultados no son los apetecidos, pues es el nuestro un modelo de éxito, como se suele repetir hasta la infamia, ya encontraremos al chivo expiatorio de turno a quien endilgarle la responsabilidad de la debacle, llámense familias desestructuradas, llámense emigrantes, o falta de recursos o ratios sobredimensionadas o, simple y llanamente, pobreza o lasitud. No estulticia, pereza ni falta de conocimientos, de exigencia o de ilusiones.

   He visto con perplejidad y asombro cómo se daba vía libre a alumnos que ni siquiera se habían presentado a los exámenes parciales de todo un curso ni habían hecho las tareas requeridas durante el mismo, para evitarse problemas con los padres o la administración educativa; he visto aprobar en votaciones a mano alzada en juntas de evaluación que parecían un chiste sin gracia, un chiste sangrante, cuyas principales víctimas iban a ser quienes así recibían el munificente aprobado; incontables dislates que se repiten año tras año, mientras el modelo de éxito sigue intoxicando las mentes con falsas creencias cuando ya hace años que naufragó. El rey está desnudo, pero pocos lo señalan. Modelo bendecido por el mantra pedagógico de aprender a aprender, que coloca todo al mismo nivel; esto es, a un nivel ínfimo. Sin criterio, sin jerarquía. Un acto sin contenidos, que es como enseñar a nadar sin necesidad de piscina ni de agua.

    Otro sí cabe decir de la maltraída motivación, clave del arco de los pedagogos más recalcitrantes, quienes se empeñan en colocar en el inicio de los aprendizajes, como su causa, haciendo con ello al maestro responsable de motivar al desanimado alumno, cuando la motivación es casi siempre consecuencia del conocimiento y del saber, que llama a la obtención de nuevos y más exactos conocimientos. Un niño tiene que aprender a leer para que le invadan las ganas de abrir nuevos libros después y sumergirse en la aventura de su lectura. Unos pocos vienen ya motivados por su curiosidad aún indemne, pero la mayoría huiría, si pudiera, del duro esfuerzo que supone juntar las letras… De hecho, el pedagogo fue en la antigua Roma, quien se encargada de llevar al niño a la escuela, lugar al que iba forzado y contra su voluntad. Porque eso es la tan manida pedagogía: sacar a alguien de la comodidad conocida en la que se encuentra para llevarlo a un lugar distinto al que, en principio, no querría ir. Moverlo de la ignorancia al conocimiento, a pesar de sus inercias acomodaticias. No he conocido alumno que manifestara emocionado las ganas incontenibles de aprender ecuaciones de segundo grado, la tabla de los elementos o la composición del granito; he visto, en cambio, caras de disgusto y desazón por tener que hacerlo incluso contra su libérrima voluntad.

    Otras afirmaciones vacías se abren al misterio de esta extraña “ciencia pedagógica”, con nombres sonoros y actitudes biempensantes. Una es esa que deriva de asumir que las ocurrencias de algunos se encuentren al mismo nivel cognitivo que las opiniones bien fundadas o rigurosamente comprobadas. Que vale tanto la opinión especializada de un médico experto como la de mi vecino del cuarto, hombre sin estudios, pero honrado, sobre un asunto relacionado con la salud y la enfermedad, por poner un ejemplo. Que puedo rechazar una verdad científica porque sencillamente no me gusta su contenido, no casa con mi ideología o con mi forma de entender el mundo o, peor aún, porque simple y llanamente no estoy de acuerdo con lo que ella manifiesta. Y que tengo derecho a expresar así la mayor de las estupideces y hacerme oír por mor del sacrosanto respeto a la diversidad. Donde todo vale lo mismo porque, en realidad, nada vale nada.

   Antes se necesitaba mano de obra barata, en abundancia, sin gran cualificación; gente simple, tosca y de buen conformar. Había una cierta anuencia social ante una idea exigua de progreso, que consistía en la adquisición de bienes de uso y consumo, de electrodomésticos, televisores, lavadoras, autos, hoy tablets y ordenadores, que no se veían aún en todos los hogares por aquel entonces. Hubo cierta esperanza de mejora material, esperanza y lucha por sacar adelante a la familia, y de que los hijos se colocaran en buenos puestos de trabajo, para no trasegar con la dura vida con que sus progenitores habían tenido que confrontarse; una época que se abría a la esperanza de vivir mejor, en suma, como una forma de vivir una mejor vida. Y para ello era preciso valorar los conocimientos que no se tenían, pero que se intuían necesarios. A esto lo llamaron el ascensor social.

    Ahora, las necesidades han cambiado, como corresponde a una sociedad que no sale de la pobreza, sino que vuelve a ella dando un rodeo. Y, aunque las necesidades hayan variado, seguimos formando individuos que serían buenos aprendices de un oficio si les dejaran serlo, pero malos investigadores de cualquier ciencia a la que la forzosidad les empuja; obedientes asalariados, pero descuidados emprendedores; agudos pícaros que aprendieron a picotear del erario público en partidos o sindicatos, políticos que lo fueron porque no sabían hacer nada, ni siquiera trabajar. Traté a algunos. Me sorprendió observar que gente que no aprendió a dirigir su propia vida se empeñara en dirigir con tanto ahínco la de sus prójimos.

  Ahora creo que estamos educando a las masas para la infelicidad, el desengaño y, sobre todo, la frustración. Les enseñamos el mundo a través de un cristal, como en un escaparate, y les decimos: todo esto que ves… nunca fue tuyo. Ni lo será, aunque te postres y me adores…porque te escatimé las herramientas que te habrían abierto esas puertas que hoy están selladas para ti. Te dije que no hacía falta esforzarse, que aprender era divertido, que la memoria era un bluf, que tus sentimientos serían la medida de todo lo real…Te engañé. Construí tu casa con materiales de desecho. Ahora duermes a la intemperie. Que nadie me pida cuentas, pues lo hice seguramente con buena voluntad. Empedré el infierno. Mejor, sigue durmiendo.

   No desean, estos muchachos y muchachas, con extrañas y singulares excepciones, salir de la indigencia intelectual en que viven y dormitan, porque nadie les mostró que había puertas que podían atravesar. No les hemos enseñado que, como en el deporte, en la vida intelectual se necesita disciplina, esfuerzo, sacrificio y continuidad, es decir, hábitos. El mundo exterior, cuyas fronteras los libros, las artes y las ciencias exploran sin cesar, no les ofrece el aliciente que no sienten necesitar, ese anhelo que pondría su espíritu en marcha y que se dispara con la curiosidad. No hicimos saltar la chispa; es más, les dijimos que no era necesario que ninguna chispa saltara, no fuera a provocar un incendio. Un incendio que hiciera arder el mundo. De eso somos responsables. No de que ellos prefieran hocicar en su pequeña charca conocida, cuando la charca es todo su mundo. El que les dimos. Una charca en la cual, seas lo que seas, pareces ser algo. O aparentarlo al menos.

   Tal vez ya sólo una catástrofe nos salve. O tal vez ya no haya siquiera necesidad de salvación alguna.

     Lo hicimos nosotros, de poco sirve lamentarse.

 

 

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