He dicho en alguna otra parte, por escrito y de forma más informal, que la psicoterapia es una profesión que a día de hoy aún se bate el cobre por su reconocimiento legal, al menos en nuestro país, aunque sea una profesión tan antigua como el viejo «arte de curar con la palabra», que amaneció ya entre los griegos y en más lejanas culturas. Numerosos intereses y facciones se disputan el pastel del que comen psicólogos y otros profesionales de la vida emocional y psicológica; y todos sabemos que no hay pastel para todos. La lucha es encarnizada, a veces feroz y dramática. Y ello por no hablar de los espontáneos que, sin la adecuada preparación profesional, se inmiscuyen desde el púlpito de las redes sociales que hoy otorga a los imbéciles la resonancia de los viejos predicadores y taumaturgos de antaño. Intrusos que usurpan un territorio para el que carecen de la debida preparación y que, en el mejor de los casos, se limitan a causar un daño provisional a la literatura con sus panfletos para lograr la felicidad en seis, diez, quince o veinte pasos, o sus consejos de chichinabo en alguna revista de los quioscos, que de algo tienen que hablar porque también los periodistas tienen que vivir, y dar consejos es gratis y cualquiera puede hacerlo.
Sueño con que alguna vez la psicoterapia se convierta por derecho propio en una carrera universitaria per se y se desprenda de la tutela de la psicología y la psiquiatría, compañeras de viaje, compañeras… Como en su tiempo lo hizo la propia psicología del árbol mayor de la filosofía, esqueje que fructificó a la sombra de la planta madre, pero con voluntad propia de llegar a ser árbol. Es, tal vez, un sueño que no veré cumplir, por más que sepa que ese es el camino que habremos de recorrer.
Pienso que la psicoterapia no puede convertirse en un elenco de técnicas aplicadas de forma indiscriminada y ciega. No es, al menos, lo que yo entiendo por psicoterapia; aunque esto sea algo que tranquilice a muchos terapeutas que comienzan su formación o que recién la acabaron: que haya un protocolo de técnicas para cada tipología de trastorno, para cada diagnóstico. Esto les da seguridad y, en ese sentido, son útiles. Pero, a la larga, el terapeuta ha de descubrir la complejidad de las interacciones humanas y de los juegos relacionales, demasiado complejos para poderlos abarcar con alguna técnica. Los modelos sirven para no perderse y las técnicas para seguir inventando formas de invitar a que la gente haga algo diferente a lo que están haciendo.
En lo que respecta a la terapia, soy de los que piensan que el encuentro terapéutico queda marcado por la calidad de la interpelación humana que nos hacemos en la sesión, la empatía, la alianza terapéutica con el sistema familiar y el mostrarse genuinamente humano, comprendiendo el sufrimiento, pero también confrontando a los pacientes con sus sistemas de creencias y sus pautas estereotipadas de respuesta, que les llevan a actuar de un modo tal que, como suele decirse, convierten sus soluciones en problemas.
No me cansaré de repetir que un buen terapeuta habría de tener un conocimiento vivencial y experiencial de los principales y universales temas humanos, que a todos nos conciernen: la lealtad, el amor, la traición, los celos, la descalificación y la desconfirmación comunicativa y relacional, la pérdida, la soledad, la injusticia, la muerte o el dolor. Un conocimiento que emerja de su experiencia vital, del paso de la edad, de numerosas lecturas, pues el tiempo y la vida nos enseñan si les prestamos atención, y que también entronque con una formación humanístico científica lo más amplia y rigurosa posible. Hay que leer, hay que viajar, hay que ver mundo y asomarse con curiosidad a las vidas ajenas. ¡Con curiosidad! ¡Qué poco en cuenta se tiene este elemento que está en la base de nuestro aprendizaje!
El objetivo último de todo ello es aprender a ser más eficaces, pues sin la eficacia la terapia perdería su sentido, convirtiéndose en una charla insustancial de café o, en lo que aún sería peor, el monólogo oracular de un experto que se atreve a dictarles a los demás cómo tienen que vivir. ¡Y los hay que se atreven a eso!
Pero entendiendo aquí la eficacia como efectividad, como eficiencia, y no, según el modelo norteamericano, como brevedad. Porque no necesariamente una terapia eficiente ha de ser a la vez una terapia breve. La brevedad tiene que ver con las prisas y, como decía Ortega y Gasset, «Prisas sólo tienen el ambicioso y el enfermo».
Una parte de mi eficacia descansa en escuchar lo que mi experiencia personal me ha ido enseñando; algo que casi nunca se aprende en los manuales de psicoterapia al uso, pero sí en el encuentro con maestros, mentores y seres humanos de calidad.
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