Pensar. Pensar en todo momento. Dialogar con uno mismo y estar bien dispuesto tanto a refutar como a ser refutado, como decía Sócrates: esta es la naturaleza del pensamiento. Pensar es una actividad que se hace a fogonazos, pero con una continuidad temporal. Quien piensa es un corredor de fondo. Se tiene una idea y, si es fecunda, poco a poco va a expandir su territorio: se conecta con otras, se une en argumentos, se traba a veces, provocando nuevas reflexiones. Si los demás discrepan, eso sirve como acicate para seguir reflexionando. Incluso cuando la discrepancia sale del simple ejercicio de un hábito –pues hay quien lleva la contraria por costumbre- y no de una búsqueda colaborativa de la verdad compartida. Pronto, descubre uno que los seres humanos preferimos las consignas a las discrepancias. Y a menudo sustituyen éstas por aquellas, y le dan a esa sustitución el nombre de pensamiento. No los es. Conviene no engañarse sobre este punto. Donde esto se hace patente con absoluta nitidez es en el homo politicus, que ha hecho de la consigna el marchamo de su profesión, una mancha infame indeleble.
Tengo el íntimo convencimiento de que numerosas personas con un superficial barniz culto y que, sin duda, se consideran a sí mismas tan inteligentes como cabe desear, cuando no más, tienen en las cabeceras de algunos diarios su única y exclusiva fuente de información y discernimiento. He conocido en persona alguno de esta especie, cuyo conocimiento consiste en un mero estar al día; o sea, al cabo de la calle, enterado como suele decirse. Antes se llamaba enteradillo a este personaje, que parece saberlo todo sin saber nada en profundidad, pero sin desazón ni vergüenza de sus oquedades.
Y es que la prensa tiene el poder de crear opinión pública, aunque a veces se quede tan sólo en actuar como correa de transmisión interesada de ciertas consignas. Pensar, tener una opinión propia, crítica e informada parece poco menos que una extravagancia que hubiera de erradicarse. Pero, en realidad, es tanto un derecho como una obligación democrática. Una obligación que nos reclama.
Ocurre, empero, que, si te sales de los márgenes, si no atiendes obediente, ridículo y cariacontecido a las consignas, si actúas como un francotirador rebelde que lleva consigo su propia arma, entonces no es difícil que se cierna sobre ti una ominosa sospecha de deslealtad. Te tornas recalcitrante, una molestia para todos, reo de una retahíla de insultos y menosprecios tan dirigidos como las consignas que te negaste a asumir. Te vuelves poco fiable; tanto como poco predecible. Razones hay en esa decisión para que te aparten del grupo o te censuren. Ese es el diezmo que has de pagar por ser independiente y tan libre como puede serlo el pensamiento y la opinión en este tiempo de cantidades. Es el precio tasado de aquello que los griegos llamaron adoxía.
Tras ciertas tomas de postura políticas hay no poca religión encubierta, dogmatismo en estado puro y simple fe de carbonero. Pasa así porque creer resulta más sencillo que pensar. Siempre lo ha sido. Creer es un acto; pensar, un proceso.
La gente toma postura frente a la realidad como el creyente lo hace frente a Dios o, mejor aún, frente al dogma, al dictado. Tienen su propio catecismo, que aplican como un mapa sobre el mundo, a fin de dejarse orientar. Están convencidos –firme, lealmente convencidos- de que suyo es el poder y la gloria. Que la verdad les respalda y la tienen, incluso, en propiedad. Son verdaderos creyentes. Por eso se permiten citar el famoso “lado correcto de la historia”, en el que se hallan instalados con todo su avituallamiento y del que, por supuesto, “no les moverán.”
Esto es lo que sucede. El diagnóstico. Falta averiguar la etiología de los síntomas, su causa u origen. Mi hipótesis inicial y provisoria es que los seres humanos somos fundamentalmente cobardes. Tuvimos que serlo para sobrevivir en una naturaleza que no nos dotó de garras, pero sí de la justa astucia como para disimularlo.
Eso lo aprendieron bien quienes en todo tiempo nos gobernaron: aprendieron que era más sencillo hacerlo si manejaban a su antojo nuestros temores. Tememos los cambios, el movimiento errático del mundo, la inestabilidad, la incertidumbre del no saber a qué atenernos y danzar sobre la cuerda floja que se tendió sobre el abismo. Parece que cualquier certeza calma nuestra inquietud, por vestir los ropajes de la certidumbre, incluso aquella –sobre todo aquella- que conquistamos sin esfuerzo. Sin fe en Dios, buscamos denodadamente cualquier ídolo en que depositar nuestras angustias, un ídolo para matar o por el que dejarnos morir. "Dulce et decorum est pro patria mori", cantó Horacio y ya se sabe lo mentirosos que llegan a ser los poetas cuando se ponen grandilocuentes.
No nos enseñaron a vivir en la soledad del propio riesgo, en las cumbres solitarias y heladas de la incertidumbre, en los estrechísimos pasos sobre el abismo de la duda. No debería causarnos extrañeza que casi todo cuando hoy pensamos caiga bajo la órbita manida de lo ya pensado, de lo correcto o de lo que conviene decir que se piensa. Hay una censura previa del pensamiento, una suspensión de la actividad del pensar, que se sustituye por un arte sutil del bien pensar. No se piensa, pues, sino en aquello que es correcto y adecuado pensar. Es un ejercicio de cortesía el que se hace con esta actividad, que sirve a menudo para reforzar el espíritu de grupo, la cohesión entre iguales. A eso llamamos a menudo, con cierta pizca de exageración, pensar.
El tópico ganó el pulso al pensamiento. Lo ganamos a pulso y lo tuvimos merecido.
Aquí yace el pensamiento. Lo intentó, pero no pudo.
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