Las parejas se mueven entre dos espacios simbólicos que condicionan y limitan sus movimientos: el micro espacio individual y familiar y el macro espacio contextual y cultural.
Puede que al comienzo de la relación sea dominante la idea de “dos contra el mundo” o “contigo, pan y cebolla, porque el mito romántico sostiene que el amor lo puede todo. Pero ambos lemas, con los que se insta a dar fuerzas a esa unidad intima, pronto enseñan sus ocultas trampas y violencias. No parecen un aceptable programa de acción, sino de reacción. El mundo es más poderoso que nosotros dos y la escasez no suele ser el territorio abonado para una buena siembra. El pan y la cebolla cansan, si uno se ve forzado a atiborrarse de ellos, como acaba cansando todo aquello que nos disminuye y que confronta con ello nuestra tendencia natural hacia la obtención de mayores cotas de bienestar emocional y social. Maslow ya lo intuyó en su pirámide motivacional.
El micro espacio de la pareja sola frente al mundo es una mistificación romántica, cuya fuerza retórica acabará sucumbiendo al paso de los días. Nadie puede serlo todo para otro. Si lo intentásemos, esa pseudo-unidad acabaría con la rápida consunción de sus energías. Pero algunas parejas caen en la trampa de sostener esta premisa equivocada: que encontrarán en la otra persona el amor incondicional que dé plena satisfacción a sus necesidades psicológicas, las conocidas y las inconscientes. Menudo faena hacer del otro el Atlas sobre el cual depositamos la carga de nuestro entero universo de necesidades. Pero el mito del amor romántico, con su idea del alma gemela, continúa haciendo de las suyas en el terreno siempre propicio de los anhelos y la fantasía.
La pareja crece y se desarrolla en diferentes niveles y espacios. Los legados familiares, los mandatos y lealtades, es uno de ellos. Con cuánta frecuencia hemos sido testigos de parejas que escucharon de los suyos que su elección había resultado errónea desde la raíz, porque fulanito o menganita era insuficientes para ellos, de otra clase social, con otro estilo familiar, y otras aspiraciones y rango, etc. Lo trigeneracional actúa y pesa, pero hay otros factores como la etnia, la clase, el oficio de los progenitores o las creencias religiosas, que ofrecen un buen campo de batalla para la incipiente pareja en sus estadios inaugurales.
Muchas de estas expectativas actúan, aunque no se hable de ellas. Se hacen notar en un pequeño movimiento de cejas, en un ligero arrugamiento de la nariz, en un visaje o un gesto apenas perceptible, que lleva en su seno la condena y el juicio de algún miembro significativo de la familia: La no aceptación. Y que dice por lo bajo: “te equivocaste, o me equivoqué. Desconocías los aspectos más inconscientes de tu elección, que tenían que ver con tu historia de familia y con tu batalla para ser en ella”. Ahora marcan indeleblemente la relación, sobre todo si esas expectativas se ven con cruel nitidez y no se cumplieron.
A veces la elección de pareja deja una herida honda en el narcisismo de nuestra propia familia de origen, quienes nos castigan de alguna manera o nos critican de frente o a las espaldas por la mala elección que hicimos sin su asentimiento. Elección que, por algún oscuro motivo, les disminuye o les ofende o vive como una provocación. Elección que defendimos un tiempo, hasta que empezamos a dudar del acierto de nuestro criterio porque no quedó resuelta de forma satisfactoria la desvinculación emocional con nuestra propia familia de origen, que ahora nos pesa, sino que creíamos que la habíamos solucionado con la separación y el alejamiento, aunque la desvinculación emocional no sea lo mismo que la distancia. Una cliente me dijo un día: “Me fui a Australia, viví unos años tranquila con mi pareja australiana, pero cuando volví de nuevo a mi casa familiar me sentí otra vez atrapada en la exigencias, dictados y necesidades emocionales de los míos. Me sentí como si me acabara de ir, porque en realidad tan solo me distancié sin resolver la desvinculación emocional con ellos. Me di cuenta de que tendría que hacerlo aquí.”
A otra usuaria le desquiciaba que su marido, tras varios años de aceptable relación, se mostrase deprimido cuando los negocios comenzaron a salirle mal, dando con ello razón a la familia política, quienes siempre descalificaron la conducta del yerno como puro arribismo, lo cual también ponía en solfa la torpeza que, con igual reiteración, le atribuyeron los suyos a la mujer desde el día que se emparejó con aquel hombre. Aquella mujer que, al comienzo de su relación, había encontrado en el marido una persona con la cual reivindicarse frente a sus hermanos, ahora, veinte años más tarde, veía con disgusto que ellos tuvieron razón con aquel extraño, reconfirmando también así la inherente incapacidad electiva de la mujer, quien volvía a ocupar el rango de la menos espabilada de la familia, recuperando un rol adscripto desde su infancia.
A veces el rencor que anida en el corazón de uno de los miembros de la pareja refleja con nitidez las veces que sus expectativas relacionales no fueron cubiertas, el tiempo que no se sintieron tenidos en cuenta, contemplados, queridos o legitimados por la mirada del otro. El rencor surge de la herida que deja en cada uno la decepción. Y ésta ocurre cuando se espera y desea de la pareja lo que no llega: atención, cuidado, ternura, reconocimiento, validación. El rencor es como el interés negativo de una cuenta al descubierto, cuya deuda se habrá de pagar tarde o temprano, a menudo con altos intereses.
Esta sorda rabia, sin embargo, cabe no eternizarla, pues nadie vive demasiado bien si se siente tentado a sentarse en ella. El rencor no es un cojín mullido ni cómodo. Drena nuestras energías. La restauración del afecto, la reparación de las heridas, si ello es posible, facilita que la pareja pueda seguir casándose en el futuro, mejorando y creciendo como pareja. Las personas que siguen casadas con un grado suficiente de bienestar matrimonial suelen haberse divorciado y casado con la misma persona varias veces a lo largo de su matrimonio. Eso supone atreverse a revisar los implícitos y la urdimbre afectiva con que se urdió el contrato de vida, tras nombrar aquellas cláusulas del mismo que han quedado obsoletas o son insatisfactorias para alguno de los dos. Y supone también trabajar individualmente con el objetivo de ayudar a esa entidad que llamamos pareja. No es un trabajo fácil, pero imposible tampoco lo es. Algunas parejas lo saben hacer. No vuelven a ser los de antes, pero comienzan a ser los de después…Y la pareja crece, entra en sazón y da los frutos que cabría esperar de su relación.
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