Una de detectives

Publicado el 13 de marzo de 2026, 20:17

     Alguna vez me tentó la ocurrencia de escribir una novela policíaca, pero desestimé con celeridad mezclarme en semejante dislate de mi fantasía. Hubo amigos que, a pesar de mis reticencias, me alentaron en tal dirección. Fueron generosos conmigo, al creer que podría hacerlo, aunque exigentes. Habría sido desagradecido, por mi parte, haberme empeñado en rechazar ese reconocimiento de unas cualidades que sobrepujaban a todas luces mis fuerzas y capacidades. Dicen que los buenos amigos son capaces de ver lo que uno, en su estricto juicio, no es capaz siquiera de calibrar. Digamos, al menos, que mis amigos me tienen en buena consideración, si no siempre justa (porque la amistad exagera las virtudes de cualquiera), sí al menos, en su expresión, ponderada.

    Pero una novela de intriga, una novela con crimen, suspense, pistas, culpables, sospechosos y motivos y ocasiones para el asesinato debieran saber que es algo que supera mis recursos, o que solo me veo capaz de abordar si hago con este argumento excéntrico una excusa para la sátira; no una novela de detectives en sentido estricto, sino una parodia.

   Envidio, con esa lejana envidia que a veces sentimos al leer páginas ajenas, a una autora tan popular como Agatha Christie, capaz de encerrarse en el lavabo de su mansión para asesinar sin el menor pestañeo a un desabrido lord o a una antañona dama de compañía, sin dejar tras el cuerpo derrengado en el salón apenas algunas pistas del crimen y elaborando un misterio sin resquicios; envidio más a menudo aún a Simenón, cuya veloz mano era capaz de dibujar de golpe y con pocas palabras el ambiente de un paisaje cotidiano que resumía los motivos  más prosaicos para un asesinato. He leído suficientes autores como para saber distinguir el grano de la paja: aquellos escritores que, tras una feliz idea, tuvieron a bien explotarla hasta la caricatura porque se sometieron a las exigencias de un editor o de un mercado insaciable y voraz.

   En esto de la novela negra, o estás, o pronto desapareces del mapa, como en el más oscuro de los misterios, hacia ese destino de olvidos y obras de saldo y lance que se marchitan en mercadillos y almonedas. Bendigo a los autores que, frente a las exigencias de ese mercado atroz, han sabido poner coto a sus criaturas cuando éstas apenas comenzaban a dar signos de desfallecimiento, que en estos casos suele parecerse mucho a la repetición. Bendigo incluso a quienes lo hicieron antes de que se notasen aquellos primeros, sutiles síntomas del abatimiento, contra el gusto de sus seguidores y del resto de la afición criminológica. Escritores con dos o tres novelas llenas de tensión que decidieron dar paso al silencio definitivo antes que seguir repitiéndose. Los que supieron sortear el riesgo del ridículo del escritor de novela criminal, que no es otro que el de que tus lectores adivinen el giro de tus tramas antes de haberlas puesto negro sobre blanco sobre el papel, a mitad de la trama, pongo por caso.

    Lo interesante de la novela de crímenes no es tanto la persecución del asesino por parte del pesquisidor, sino el juego inteligente que se establece entre el propio autor y su lector, presto siempre a cazar el desliz del escribano, la trampa capciosa con que pretende engañarnos, el juego sucio del novelista.

   La sorpresa o aquel giro inesperado del argumento, cuando son coherentes con la trama y los sucesos, enganchan al lector; pero lo arrojan fuera del libro cuando entran con pie forzado, cuando son la salida menos elegante del escritor embarullado. No es fácil construir un argumento que se deslice fluidamente hacia su final, el develamiento del crimen, la confesión del criminal, rígida lógica sin trampa ni trampantojos. Ahí se descubre el genio especial y la madera del genuino escritor de novela negra: en que la lógica del asesinato nunca se escapó de las reacciones humanas más predecibles y, sin embargo, resultó por eso mismo inesperada. El criminal, en suma, es como cualquiera de nosotros, solo que más malo, más arriscado o más cerril. O dicho de otro modo, el criminal podríamos serlo cualquiera de nosotros si nos pusieran en las circunstancias adecuadas para actuar el delito, pues todos llevamos dentro un criminal el potencia o un santo, que por suerte o por interés, no pasamos al acto. En este caso, al acto criminoso.

   Como la locura, el crimen tiene su propia coherencia y la novela debe someterse a ella y obedecerla como si se tratara de un ineluctable destino. Cuántas obras hay que se revelan fallidas porque el autor impone un final traído por los pelos, inesperado sí, para el lector, y, por tanto, en cierta medida, sorprendente; pero falaz en su misma raíz y rebuscamiento. Cuando sucede esto, el desengaño del lector mide la eficacia de la obra y cabe entonces hablar de una novela fallida, abortada justo antes de su alumbramiento. Un doble crimen del escritor, el de la obra fallida y el del insulto a la inteligencia del lector.

   No basta, pues, con urdir una trama o con crear un personaje con el que podamos identificarnos, un tipo simpático pero extravagante, rodeado de colaboradores que son personajes elementales, tallados de una sola pieza, el obsesivo forense, la deslumbrante informática, el sabueso feroz que cuando muerde la pieza no suelta bocado ni se da por vencido hasta rendirla, la buena interrogadora, el jefe neurasténico del equipo de investigación que desespera por ver resultados. No es suficiente todo esto para construir una buena novela negra, como tampoco resulta creíble ese autor que nos conduce por la ciudad y nos lleva de una calle a otra citado sus nombres, sean de París o Barcelona, creyendo así articular el clima de la historia. Uno vive en ciudades cuyas calles tiene esos mismos nombres y cada día debería cruzarse con potenciales asesinos, con ladrones o estafadores, con proxenetas o maltratadores, con víctimas, en fin, y verdugos, si las calles adjetivaran las conductas. Pero el nombre de una travesía o la esquina en que dos se encuentran no basta para crear ese ambiente deletéreo. Y una buena novela negra     –una buena novela sin más- es, entre otras cosas, un clima, un ambiente y una voz.

   Qué razón tuvo De Quincey cuando taxativamente advirtió: “Si uno empieza por permitirse un asesinato pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente”.

   Alguno de estos literatos ofende con su mala educación cuando de engañar al ingenuo lector se trata, y debieran haber dejado las cosas del arte para el día siguiente, el final para el día siguiente, la trama para el día siguiente, las páginas emborronadas para el día siguiente. Que no lo hicieran solo es prueba y testimonio de su mala fe y de la inobservancia de las más elementales formas de la buena educación.

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