A veces ocurren hechos que revelan una ajustada sincronía, inexplicable pero feliz. Hace unos días retomé por casualidad la lectura de un libro que leí años atrás. Un libro excelente del jungiano James Hillman, titulado “El código del alma. La respuesta a la voz interior”. Su lectura me dejó entonces un buen regusto y la idea subliminal de que volvería a sus páginas en cuanto pasaran unos años, si había ocasión. Hablaba el texto, entre otros asuntos, de la vocación, cuestión sobre la que trabajé en un estudio sobre la biografía en Ortega y Gasset, pues todo el mundo que se haya familiarizado con el filósofo reconocerá cuánto ahínco puso siempre en este asunto vocacional su autor. Los caminos del Señor son inescrutables, como suele decirse. En temas y lecturas, el dicho parece un acierto, igual que lo es en los encuentros y desencuentros que tenemos en la vida. Escribí y pensé bastante en la vocación, que es nuestro empeño en ser lo que debemos ser frente a aquello con lo que nos encontramos dado, las circunstancias.
Aunque no es el tema del que quiero ocuparme este de la vocación, sin duda reviste gran interés para quien escogió un día llegar a ser terapeuta, trabajo extraño y tarea vital aún más extraña, si cabe, habiendo tantas otras que resultan más sencillas –o no- y sin duda mejor remuneradas y reconocidas. Pero uno sólo puede escapar a su vocación haciendo traición de la misma, que es como se desleal a aquello a lo que uno ha sido llamado. Hacer oídos sordos a las incitaciones o dar un largo rodeo para no encararlas. Vocación es acabar siendo aquello que uno no puede dejar de ser.
Pero volvamos a las azarosas sincronías. Tomé el libro de Hillman dispuesto a releerlo y ya en sus primeras páginas tropecé con lo que el autor llama “teoría de la bellota”, una actualización existencial de la doctrina de la potencia y el acto aristotélica, solo que aplicada al carácter o personalidad del individuo. La teoría de la bellota “sostiene que cada persona posee un carácter único que pide ser vivido y ya se encuentra presente antes de que pueda serlo” (Hillman, pág. 18). Dicho así, asustaría al sistémico más bregado y ortodoxo; un poco menos al que entienda el peso de lo trigeneracional en la vida de cada uno de nosotros.
Pero la sincronía se conjura a veces con el azar. También con lecturas que nos llevan a otras lecturas, un misterioso camino de pasos sobre pasos. Y de Hillman he llegado a Yalom casi sin solución de continuidad, como si rastrease unas huellas desvaídas, yendo a la caza de algo que no puedo aún definir, sino vagamente intuir. Yalom habla desde sus casi cincuenta años de experiencia terapéutica a los terapeutas más jóvenes, a quienes dedica un libro que es como una carta abierta en la que resume algunas de sus mejores intuiciones clínicas. Y allí, en el primer capítulo de El don de la terapia, he tropezado con una reminiscencia de otro libro que, en sus orígenes, también estuvo al comienzo de mi trabajo terapéutico, que por entonces era todavía un trabajo personal. Se refiere Yalom al libro de K. Horney, Neurosis y madurez, del que destaca la idea clave de que el ser humano tiene una propensión innata hacia la autorrealización. Si se quitan los obstáculos, creía Horney, el individuo se desarrollará hasta convertirse en un adulto plenamente realizado, del mismo modo que una bellota se desarrollará hasta convertirse en un roble (Yalom, pág. 27). Imagen maravillosa y liberadora, señala el autor, quien confiesa que cambió para siempre su enfoque de la terapia.
Palabras muy en la línea de Maslow y de autores de su misma órbita, pero que a veces quienes vemos a la familia tendemos a olvidar, al dar mayor peso y repercusión a las interacciones que al desarrollo de este individuo concreto en el seno de unas circunstancias que, en cierta medida, facilitan y se resisten también a su propio florecimiento.
No traicionamos lo sistémico si rescatamos para la comprensión aquello que es del individuo, su forma peculiar de encarar su vida y de hacer suyos los mandatos y legados familiares, que no son mero calco, copia automática o repetición. Traicionamos cuando no vemos o nos negamos a ver lo que tenemos delante, cuando la teoría se coloca sobre el individuo o la familia, ajustando éstos a aquélla, para que las cosas cuadren y creamos así haberlas explicado. Las teorías suelen ser más elegantes que la vida, pero ésta es más rica y compleja que cualquier teoría. Tanteamos y nos aproximamos, dibujamos mapas y trazamos sus leyendas, para orientarnos en lo complejo. Si seguimos los pasos de la teoría de la bellota, empezaremos a darnos cuenta de cuánto importa el suelo en que la semilla cae y también cómo el roble crecerá inexorablemente marcado por los accidentes del terreno, sea que se retuerza entre rocas o se yerga enhiesto en medio de la dehesa, marcado también por lo frío o cálido del clima, por las horas de luz y por el agua con que se riegan sus raíces.
Individuo y relación son dos extremos de una misma realidad inseparable. La teoría de la bellota nos ayuda a poner en valor las cualidades de la persona, aquellas que, aprendidas o innatas, van a configurar su forma de responder al mundo, a los otros y a su propia existencia. Pero la bellota necesitará todo eso con que se relaciona para que desarrolle su potencial y se convierta en el roble que está llamado internamente a ser. Todo eso es, en suma, lo relacional. No se excluyen, sino que se complementan.
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